Calle 14: 2006

Todo Lubitsch (y II)

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  • 16 octubre 2006
  • Retroclásica
  • Qué mas contar acerca de Lubitsch. Que resulta ciertamente increíble que exista gente que no lo conozca, ni a él ni a su mejor discípulo, Billy Wilder. Parece increíble, pero es cierto, hay gente que ignora la existencia de “Dios” (Trueba dixit). Este año he conocido a ciertas personas que así me lo han confirmado.

    Ver un ciclo como éste ayuda a certificar a Lubitsch como inventor de la comedia sofisticada, la que tan bien han cultivado Wilder, Cukor, Hawks, Sturges o Stanley Donen (mi sofisticado favorito). No sé qué ocurre ahora en el mundo del cine, en el que la comedia es un género que ha concluído en el subgénero “acumulación de gags” (por lo general de mal gusto). Creo que mi última comedia favorita es de finales de los ochenta, “When Harry met Sally”, y eso a pesar de que Billy Cristal nunca fue santo de mi devoción y Meg Ryan me resulta antipática. Para divertirme últimamente prefiero ver comedias argentinas que nada tienen de sofisticadas pero que son inteligentes y divertidas, o series de televisión como las “Chicas Gilmore” que me han atrapado con sus diálogos delirantes repletos de ironía y de homenajes a muchas de mis películas favoritas.

    Dónde estará el “toque Lubitsch”, me pregunto. Es decir, todo lo que se expresa con la elipsis, con el gesto, con una mirada, con un objeto en un lugar inesperado, con una frase surrealista y que al evolucionar hacia el “toque Wilder” sólo ganó en dosis de poder corrosivo. Creo que no queda nada de eso en el cine actual. Vi “El diablo viste de Prada” y me pareció un divertimento estupendo para una tarde de sábado y sofá, un vehículo de lucimiento para la Streep (que resulta grande en comedia) y poco más. Y dar gracias a que el humor no se basa en el ridículo ni en lo escatológico y que, de vez en cuando, salta una frase inteligente a la que agarrarse como a un clavo ardiendo. Pero todo en ese cine es previsible, copiado y repetido hasta la saciedad, no tiene nada de original. Mientras, Lubitsch es capaz de hacer reír al ritmo de “Heil” o recitando a Hamlet, consigue hacer reír a la Garbo y que el cine entero se ría con ella.

    El toque Lubitsch presupone y cuenta con la inteligencia del espectador. Es la fórmula mágica. La comedia de hoy es burda porque muchas veces se piensa que el público es tonto y hay que dárselo todo pensado. Viendo una obra de Lubitsch el espectador entra dentro de la trama, la asimila, va sumando uno más uno, más uno… y el resultado de la ecuación no sólo es una sonrisa o una carcajada, sino una sensación de que el autor ha contado con quien se sienta en la butaca y ha sabido conquistarlo.

    Todo Lubitsch (I)

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  • 01 octubre 2006
  • Retroclásica

  • Es inútil, si ya a diario me parece dificilísimo mantener una bitácora, durante el festival es imposible intentarlo. Aunque hay gente que es capaz de hacerlo trabajando tanto como yo. Os recomiendo las crónicas de mi amigo Iván desde el festival, visto por un zaragozano que también trabaja a destajo en esto del cine. Me encantan su visión de mi ciudad y sus relatos de cuanto ocurre dentro y fuera del cine.

    Por mi parte, cualquier intento de contar el día a día ha sido en vano, y ahora tampoco me voy a poner a hacer un recuento de cuanto he visto. Después de un rato de bici, otro de playa y otro de siesta, por fin puedo pensar en los diez días precedentes y hacer balance. Una restrospectiva estupenda pero un esfuerzo muy grande; algunas actividades añadidas dentro de la retrospectiva y un catarro incontrolable han hecho que lleve una semana entera luchando con los coletazos del verano, con el aire acondicionado de las salas y con el cansancio.

    La filmografía de Lubitsch se divide dos veces en dos: el cine mudo y el cine sonoro, por un lado; y la faceta alemana y la americana por otro. Lo que todos hemos podido conocer gracias al video y la televisión es el cine sonoro en la etapa americana. Así, quién no ha visto "To be or not to be" ("Ser o no ser"), "Ninotchka" o "The shop around the corner" ("El bazar de las sorpresas"). La primera, por cierto, recién reeditada en DVD, aunque la copia digitalizada no sea precisamente una maravilla (es lo que pasa con esas ediciones de baratillo). En mi videoclub habitual la copia estaba retirada de la estantería, aunque si una la pedía se la bajaban del almacén. No sé si con la retrospectiva la habrán recolocado en su estupenda sección de clásicos.

    En la web de una conocida cadena internacional asentada hasta en Donostia, sólo aparece este título reeditado y "That uncertain feeling" ("Lo que piensan las mujeres", curiosa versión del título en español), que hace tiempo que habita en mi videoteca y que si ya me parecía flojita, ahora me lo parece mucho más. En el videoclub también está "Cluny Brown" (de la que me quedo con el pequeñísimo pero divertido papel de la madre del farmacéutico). Y en Amazon.com pueden encontrarse otros títulos, de hecho hace tiempo que tengo la edición americana de "The shop around the corner", mi Lubitsch favorito.

    Y poco más a nuestro alcance digital. Una pena. Me muero por una copia de "Bluebeard's eighth wife" ("La octava mujer de Barbazul"), que la tenía vista hace siglos por la tele pero que la vi como si fuera completamente nueva hace sólo dos días. Al menos puedo encargarme la última que vi ayer, "Heaven can wait" (no voy a dar el título en español, porque me parece una faena), que no tiene desperdicio aunque termine siendo excesivamente sentimental.

    En mi ranking, mención especial para "If I had a million" ("Si tuviera un millón"), una colección de historias en la que Lubitsch aporta la más breve, gráfica e irónica, "The clerck" ("El oficinista").

    Y hasta aquí puedo contar hoy. Prometo contar más.

    Lubitsch on the rocks (Ya llegó el Festival)

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  • 22 septiembre 2006
  • Retroclásica

  • Ya ha llegado otro Festival de Cine. Con éste van once en mi cuenta particular. Y si cada año encuentro algo nuevo, interesante, un aliciente, supongo que después de la presente edición va a ser muy difícil superar el listón. Porque Lubitsch me lo coloca muy alto.

    Acabo de llegar de mi maratón particular. He visto ocho películas mudas, seguiditas, y a pesar del tiempo pasado en la misma butaca, en ningún momento he sentido sueño, ni ganas de bostezar. Y eso que lo que hemos visto es "flojito".

    Sugiero a mis amigos que se pasen por el cine y prueben la experiencia de ver una de estas joyitas del cine mudo con piano en directo. Hay dos pianistas estupendos (Javier y Josetxo) y con mucha experiencia en acompañamiento de películas e improvisación. También tenemos cine sonoro, claro que sí, y este viernes no me pienso perder una de las joyas de la comedia de todos los tiempos: "To be or not to be" (Heil myself!). Es una comedia hilarante que sigue provocando la carcajada no importa las veces que la hayamos visto. Carole Lombard en la plenitud de su carrera.

    Ya en estas tempranas películas vemos pinceladas de lo que serán sus obras cumbre: la ironía y el equívoco, las frases mordaces en el momento justo. Y también deja transparentar pequeños detalles autobiográficos: cierto complejo físico compensado con su iniciativa, con valentía, el hombre hecho a sí mismo. Lo de hoy ha sido un aperitivo y en los próximos días nos vamos a dar un gran festín cinéfilo.

    Hago balance de lo proyectado hoy:

    Mudas:

    • Als ich tot war / Wo ist mein Schatz?
    • Schuhpalast Pinkus
    • Wenn vier dasselbe tun
    • Das Fidele Gefängnis
    • Ich möchte kein Mann sein
    • Die Augen der Mumie Ma
    • Carmen

    Sonoras:

    • The Love Parade
    • Monte Carlo

    No está de más visitar la página web del festival, www.sansebastianfestival.com

    No prometo muchos informes como éste, acabo agotada después de tanto cine y me conozco, la euforia comunicativa tiene más caducidad que un danone. Pero daré señales de vida de vez en cuando.

    Bofetadas y otros naufragios

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  • 04 septiembre 2006
  • Retroclásica

  • Hay dos bofetadas que han pasado a la historia, trascenciendo la propia historia del cine; las que se propinan mutuamente Glenn Ford y Rita Hayworth en “Gilda”. Una película que será recordada tanto por eso como por el insinuante número “Put the blame on mame” interpretado por la entonces esposa de Orson Welles.

    Margarita Carmen Cansino, o Rita Hayworth, murió hace ya unos lustros tras sufrir un rápido deterioro físico y psíquico. Glenn Ford acaba de fallecer a los 90 años y, para romper maleficios, muchos años después de haber pasado por el Festival de Donostia, de donde parecía que no había forma de echarle por lo que cuentan las crónicas. Así que Ford, por una vez, ha roto la leyenda negra que nos acompaña.

    Tengo imágenes del actor variopintas, la más fresca, la revisión de “Cimarrón”, de Anthony Mann, en el Festival de 2004. Quién no recuerda al padre de Clark Kent cayendo fulminado por un infarto. Después, siempre lo imagino de matón o de vaquero sudoroso, como si todo lo que hubiera hecho fuera cine negro o westerns. Revisando su filmografía veo mucho film para televisión que no habrá pasado por nuestras pantallas, pero también películas de Richard Brooks, Fritz Lang, Mitchell Leisen, o Minnelli (“Los cuatro jinetes del Apocalipsis”).

    Cambiando de asunto, me gustó “Poseidón” por corta, ir al grano y ser entretenida. Sin más. También “El próximo Oriente” de Fenando Colomo merece una sentadita en el cine, con los excesos de toda comedia, pero con suficiente naturalidad como para abordar con sentido del humor un asunto tan actual como espinoso, la convivencia con los inmigrantes. Y vaya desde aquí mi recuerdo a "La aventura del Poseidón", de 1972, revalorizada y añorada, con la inolvidable secuencia de Shelley Winters buceando.

    Y la que escribe esto, en capilla, preparando el ordenador para el próximo Zinemaldia. Pero de eso hablaré en breve.

    Plutón también existe

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  • 25 agosto 2006
  • Retroclásica

  • Los astros, como las personas, a veces no dan la talla. Cuando lo descubrieron parece ser que el estándar planetario admitía a los más pequeños, o es que a lo mejor, en 1930, no fueron capaces de darse cuenta de que se trataba de un asteroide sin más. Al día de hoy, los astrónomos que habitan esta oronda Tierra acaban de decidir que Plutón ya no es un planeta. Qué pena, con lo bien que quedaba acabar la lista del sistema solar con una palabra aguda: “…y Plutón.”

    Me pregunto qué va a pasar con todos aquellos que tengan “la luna en Plutón”, con su definición en los diccionarios, las entradas de las enciclopedias, los libros de astronomía, los de astrología, las webs, los blogs, las wikipedias… Uf, ¿merece la pena? Acaso, pienso, no deja de ser una operación de marketing para reactivar el mundo editorial y audiovisual, recalcular millones de cartas astrológicas, reinventar el horóscopo y que todos los plutonianos, de repente, cambien de carácter.

    El pequeño Plutón rota en los límites (que sepamos) de nuestro sistema solar, solito, dando una vuelta alrededor del sol cada 250 años y con una inclinación y órbita ligeramente diferentes al resto, muy ajeno a las clasificaciones y mediciones a las que se ve sometido. Ni siquiera sabe que le pusieron el nombre del dios latino de los infiernos (Pluto), permanece ignorante de la existencia de quienes le han enviado la sonda “Nuevos horizontes” que puede se acerque con éxito a conocerlo; ignorante incluso de su pertenencia a un sistema solar, a una galaxia, a un universo. Y es que es más pequeño que la luna, o que Xena o UB313, el último planeta descubierto en nuestro sistema. Ay, “de fuera vendrán, que de casa te echarán”.

    Está claro que el que no da la talla y va a su bola queda fuera de órbita. Pobre Plutón, pelotilla marginal de nuestro ordenado sistema.

    WHO are you, who-who, who-who?

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  • 16 agosto 2006
  • Retroclásica

  • 29 de julio, Zaragoza. Guiadas por el entusiasmo de nuestra amiga Mónica nos hemos presentado en un ti-ta en la capital maña para disfrutar de un gran concierto. Un sol de justicia nos recibe en la plaza de la pilarica, pero el recinto del concierto nos abraza con aire acondicionado y cerveza fresquita. El escenario es enorme y unos teloneros que se valen de guitarra, bajo y batería para dar caña auguran una velada inolvidable.

    Así fue. Roger Daltrey y Pete Townshend, entraditos en la sesentena, están en plena forma y nos ofrecen dos horas, dos, de fuegos artificiales musicales, porque así es como viví yo el concierto, como si estuviera contemplando boquiabierta una traca final de dos horas desde Alderdi Eder. No podíamos contenernos, había que saltar, bailar, corear las canciones. Nada más lejos de las recientes decepciones de los Rolling, salvo que la gente de Barcelona vio cómo se esfumaba su cita con The Who, si bien Zaragoza brindaba una segunda oportunidad.

    A los que nos acercamos de refilón a Daltrey y Townshend el concierto nos sorprendió y enganchó. Hasta tal punto que tengo preparadas “Tommy” y “Quadrophenia” en mi videoteca para su revisión, no importa si el tiempo y las modas han hecho mella en ellas, pero para volver a vivir esa intensidad musical de hace un par de semanas. A decir verdad, estoy deseando volver a ver “The pin-ball wizard”, ese duelo Elton John-Roger Daltrey.



    Ni que decir tiene que a los fans y “mods” que poblaban de camisetas el recinto el concierto les entusiasmó, “es el mejor concierto que he visto”, se repetía. El público heterogéneo, joven y maduro, estaba completamente entregado. A veces coreaban el nombre del batería, un tal Zak Starkey, sí, hijo del mismísimo Ringo Starr, y que en realidad dice haber aprendido todo lo que sabe del propio Keith Moon, uno de los dos miembros de la formación original ya fallecidos.

    Lo confieso, a estas alturas (del verano y de la vida) me he convertido en una fan de The Who y si cumplen su promesa de volver el año que viene a Barcelona, seguro que la expedición donostiarra allá volverá gritando la consigna: WHO! WHO! WHO! WHO!

    Mel, melón

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  • 04 agosto 2006
  • Retroclásica
  • Hace mucho tiempo que el señor Gibson me cae muy gordo (pero que muy gordo, por eso omito su fotografía). Tan mal me cae este hombre que he decidido clasificarlo como mal actor, por tirano, machista, homófobo, hipócrita y, ahora, además, anti-semita. Por fin un grupo de personas de Los Ángeles ha decidido hacer una campaña anti-Mel.

    Retrocedamos unos días... Ya teníamos todos asumido el ultra-catolicismo de Mel, y hasta hace unos días sólo era público su vicio oficial de fumador empedernido, pero no se había publicitado su adicción al alcohol (ay, Mel, eso también es pecado) hasta que ha sido detenido por conducir ebrio. Cuando fue detenido por la policía parece ser que perdió la compostura y comenzó a insultar a la comunidad judía. Sus publicistas se han apresurado a anunciar que acude a rehabilitación, para calmar un poco los ánimos, dado que la comunidad judía es la que controla una buena parte del negocio que le da de comer a "Braveheart". Y es que va a ser francamente difícil de rehabilitar, dado que de todos es conocido que un borracho es de lo más sincero, y que sus comentarios anti-judíos no son fruto de la enajenación, sino de la plena convicción.

    Así que las reacciones no se han hecho esperar: aunque la comunidad judío-hollywoodiense ha aceptado la disculpa de la estrella, se ha producido una reacción anti-Mel. Algunos periodistas-alarmistas (supongo que dirigidos por la mano del publicista) apuntan al hecho de que el alcohólico Mel trataba de suicidarse (si conducir a 80mph-135Km/h donde marca 50mph-85Km/h es tratar de suicidarse, deduzco que el mundo está lleno de suicidas sobre ruedas). Mientras tanto, estrellas (porque no se le puede llamar actor) como Rob Schneider reniegan públicamente del australiano y un grupo de ciudadanos de L.A. busca una valla publicitaria en pleno Sunset Boulevard para protestar contra el anti-semitismo en general y particularmente contra Gibson. Sólo que la industria ha ganado muchos dólares con este señor y ahora se ve en la encrucijada: perdonarle o comerse el Mel-ón.

    Antes de terminar, apuntar la reciente desaparición de un secundario de lujo: Jack Warden. Así, el nombre a muchos no les dice nada, pero la foto hará que lo reconozcamos por sus innumerables apariciones en cine y televisión. Fue nominado al Oscar (cuando eso era algo significativo) por dos películas, Shampoo y El cielo puede esperar, en ambas junto a Warren Beatty, y podemos recordarle en Todos los hombres del presidente (en la foto) y De aquí a la eternidad. Era de esos actores imprescindibles para aportar credibilidad, fuerza y humor, de los que "ya no se fabrican".

    Sopormán

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  • 31 julio 2006
  • Retroclásica

  • Una lleva una temporada intensa de conciertos (de los que tengo que hablar más adelante, por cierto) y ayer, recién llegada del que ofreció THE WHO en Zaragoza, pensé que apetecía refugiarse al fresquito de un cine y dejar descansar la neurona viendo algo poco sesudo y supuestamente entretenido como Superman Returns. Craso error.

    Vaya rollo que nos cascan con la vuelta del hombre de acero, que más que metálico parece de plástico. Demasiado maquillaje, demasiado retoque digital para acentuar el parecido con el superhéroe de Christopher Reeve (parecido sólo evidente a ratos tras las gafas del pobre Clark Kent). Se echa tanto de menos la tensión sexual entre Superman y Lois Lane... La intrépida reportera, que aquí llega de la mano de una especie de doble de Norah Jones descafeinada. Dónde andará Margot Kidder...

    Sopormán es capaz de hacerte dormir en la butaca por la falta de emoción, sólo conseguida en la fanfarria del comienzo y en la del final gracias a los acordes del tema compuesto por John Williams, única contribución del genio a la banda sonora de John Ottman, muy floja. Atrás quedan los años en que esos acordes acompañaban a la fulgurante transformación del torpe Clark en el hombre del pijama azul dentro de una cabina telefónica, la sonrisa irónica en el rostro de Reeve, las torpezas, las puyas, el rubor inconfundible o la capa roja, que ahora resulta granate.

    Este Sopormán de plástico no transmite nada, ni entretiene, es que ni el Lex Luthor de Kevin Spacey es tan villano ni tan divertido como lo fue el de Gene Hackman. Y hay robos descarados a otras películas, desde "La bella durmiente" hasta "Con el agua al cuello", pasando por "Titanic" o por "Superman. The Movie" mismamente, en la que Luthor quería destruir la costa Oeste, sólo que el nuevo malandrín intenta ahora hacer lo propio con la costa Este americana, pero por si fuera poco incluso proyecta hacer desaparecer media Europa, península ibérica incluida.

    Lo peor de todo no era ya en sí la película, sino la propia proyección (que duró dos horas y media, toda una tortura), en la sala de Donostia que más detesto (Bretxa 8), completamente DESENFOCADA, rayada de cabo a rabo por el lateral izquierdo, un sonido de espanto, vamos... y el ticket más caro de la ciudad, por cierto. Para salir y toparse con unas escaleras sucias y cutres, las paredes plagadas de graffitis, y ese olor desagradable de los rincones; vamos, como para solicitar el libro de reclamaciones (¿se merece el espectador que el "servicio al cliente" se acabe allá donde te cortan la entrada?). Menos mal que nos recuperamos en Va Bene con una hamburguesa (la ocho, mi favorita).

    El canon de la-leche

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  • 28 julio 2006
  • Retroclásica

  • Hay cosas que enfadan. Como lo que se embolsa la SGAE cada vez que compro un dispositivo de almacenamiento óptico. Es decir, CDs y DVDs grabables; aquí es lícito utilizar también la "v", dado que han encontrado un dispositivo "gravable" y, en consecuencia, un ingreso chollo que no sabemos muy bien a dónde va a parar.

    Esta mañana he necesitado comprar unos CDs para almacenar algo de música. En la tienda a la que he acudido ya no había discos "estándar" de los que han servido tanto para guardar datos como para crear discos de audio. Me he visto obligada a escoger un soporte exclusivo para audio y mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he pagado 1,85 euros por un CD para audio, cuando a su lado he visto que un DVD+R de la misma conocida marca (que utilizo desde que copiaba mis vinilos en cinta magnética) costaba 1,30 euros.

    Ahora no voy a entrar en polémicas sobre el canon de la leche, sobre quién se beneficia de que yo utilice ese disco para guardar, no sé, el audio de un álbum jamás reeditado desde su primera edición, de un grupo extranjero. ¿Controlan que los derechos correspondan a un autor no nacional? ¿Acaso se han planteado que yo demando *ese disco* que ya no existe en el mercado, que deseo tenerlo, escucharlo, difundirlo, compartirlo, como bien cultural que es, y que nadie reedita "porque no sale rentable"? Son preguntas retóricas que me planteo de vez en cuando. La que aquí escribe tradicionalmente ha sido gran consumidora de música y cine, y a la que desde la noche de los tiempos le han venido timando, como en tantas otras cosas, con precios más que abusivos.

    Mi reflexión de hoy va por otros derroteros. Una no termina de entender que la música sea más cara que el cine, cuando los costes de producción son abismalmente distintos. Me encanta ir a las tiendas y encontrarme con obras maestras del cine por dos duros (ay, si los clásicos levantaran la cabeza y vieran las copias tan horribles que circulan, como "La fiera de mi niña"), porque entonces no merece la pena la labor de realizar una copia casera. Pero jamás topo con esos chollos en el campo musical. Pagar más de veinte o veinticinco euros por un álbum me parece desorbitado y ello no hace sino impulsarme a hacer una copia casera; en el fondo, el canon me está dando permiso tácito para pedir prestado ese disco o bajármelo de Internet, cosa a la que me he venido resistiendo durante mucho tiempo, salvo en la ardua búsqueda de caras-B, maquetas inéditas, rarezas legales, álbumes jamás reeditados, etc.

    Y es que son los tiranos del canon los primeros que propician el pirateo, con semejante cobro de impuestos al más puro estilo del señorío medieval. Con todo ello, me siento de lo más legal. Como me desagrada la calidad del cine colgado en Internet, pago religiosamente el alquiler del DVD (del que parte irá a la SGAE, cómo no) y el canon del soporte en el que lo voy a copiar, así que... no me avergüenzo de admitir que con cien megaherzios por banda ancha, DVD a todo Mega, voy atesorando joyitas del cine y la música sin rubor, aunque en el fondo eche de menos aquellos tiempos en que comprar discos era pasarse horas y horas rebuscando entre vistosos álbumes de vinilo. Ay...

    Otra pregunta retórica: ¿Puedo enviarles todos los discos que se me estropean -que en doce años han sido muchos- para que me devuelvan el dinero?

    70 años

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  • 18 julio 2006
  • Retroclásica


  • Mi abuela Amelia tiene 92 años. Se casó en el 36 y, si no estoy mal informada, el día en que mataron a un célebre falangista. Hoy me cuesta saber si mi abuela recuerda algo, porque ni siquiera sabe quiénes somos los que estamos a su alrededor. Pero si le mencionara qué día es hoy, martes, estoy segura de que me miraría con esos ojos de color azul grisáceo que tanto me hubiera gustado heredar, haría una mueca seria y censuraría o lamentaría la propia existencia de esa fecha en el año de su boda.

    No conocí a mi abuelo Aurelio, pero sí a mis otros abuelos, Fabio y Pilar. Y todos, desde su condición de perdedores y supervivientes, se encargaron de transmitirnos el trauma de la Guerra Civil (“la más incivil”, como diría Gloria Fuertes), de las penurias de la posguerra, la cárcel, el hambre, la censura, las carencias, la falta de libertad. De todas las crisis se aprende, y de ésa debemos quedarnos con la necesidad de convivir, de tolerarnos, de mantener un estado democrático donde todos tengamos derechos y obligaciones, sobre todo derecho a vivir dignamente.

    La prensa refleja la efemérides. Muy interesante la entrevista a Carrillo en El País. Es una de esas pocas personas que tienen la experiencia, el derecho y la claridad para afirmar: “este país no se parece nada al de julio de 1936”.

    When I'm sixty-four

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  • 13 julio 2006
  • Retroclásica


  • La IMDB es un lugar sagrado en Internet para los aficionados al cine. Acudo a ella casi cada día para saber qué se cuece en el mundo del espectáculo, para documentarme, para ir en busca de la película perdida, de la foto, de la estrella.
    Me gustan las efemérides y la IMDB se alimenta de ellas. Hoy Indiana Jones, o sea, el admirado y siempre envidiado Harrison Ford, cumple 64 añitos de nada. Los mismos que cumplió mi venerada Barbra el pasado mes de abril.
    Me encantan los Beatles y "When I'm sixty-four", una canción alegre y optimista que en su momento hablaba de lo que pasaría en un tiempo muy lejano, cuando el protagonista de la canción tuviera 64 años, que entonces preguntaría a su amada "¿Me necesitarás, me alimentarás cuando tenga 64 años?".
    En realidad había entrado en la IMDB buscando información sobre una actriz estupenda que falleció el pasado 8 de julio. Se llamaba June Allyson y los amantes del cine clásico la recordaremos, fundamentalmente, por su papel de Jo March en Little Women (Mujercitas, Mervyn LeRoy, 1949) o el de la esposa de Glenn Miller en The Glenn Miller Story (Música y lágrimas, Anthony Mann, 1953). Mi amigo Pawley apunta también una película protagonizada por ella y titulada The Opposite Sex (David Miller, 1956), con la siempre interesante alusión a una frase de Mae West que está entre mis citas favoritas: "When I'm good, I'm very good. But when I'm bad, I'm better" ("Cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala, soy mejor").
    Para mí Allyson está artística y físicamente asociada a otra de mis actrices clásicas favoritas, Margaret Sullavan. Ambas trabajaron con James Stewart y a estos dos últimos tendremos la oportunidad de verlos juntos en The shop around the corner (El bazar de las sorpresas, Ernst Lubitsch, 1940) el próximo mes de septiembre en cierto festival de cine.

    Dylan no quiere primeros planos

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  • 12 julio 2006
  • Retroclásica

  • Y es que después de haber visto las imágenes de la intervención de Mikel Laboa en el concierto por la paz (playa de la Zurriola, Donostia, 11 de julio de 2006), todos pensábamos que, pese a la arena que nos separaba del escenario, disfrutaríamos de una réplica cercana gracias a las grandes pantallas colocadas en la playa.

    Nuestro gozo en un pozo, ninguna imagen podía garantizarnos que aquél era el auténtico Bob Dylan y no un doble, como bromeábamos. Y eso hacía que la distancia, que los granos de arena de separación entre la estrella y el populacho fuera mucho mayor. No me cabe la menor duda de que un par de planos medios, otro par de cortos y un solo primerísimo plano del cantante habrían metido al público en el bolsillo.

    Y es que, fundamentalmente, no importa divisar apenas a quien canta si la calidad del sonido hace que el público se olvide de ponerse de puntillas para intentar adivinar a la estrella. Sin duda habría un puñado de privilegiados que, entre el escenario y la mesa de control, disfrutaría de una ecualización estupenda. Pero los demás recibíamos rebotes por todas partes, un sonido a destiempo, desincronizado y desigual. La Zurriola es un espacio para lo que es, para disfrutar del sol durante el día, de la brisa durante la noche. Cuánto mejor lo hubiéramos pasado en el velódromo.

    Y más tarde, tras los dos implacables bises del trovador, la evacuación de la playa, tan poco prevista por la organización. Porque fue civilizada y sin problemas, pero imagino una galerna, un cambio brusco de tiempo, una tormenta, y me da miedo pensar. Qué suerte que no hubo problemas de estampida.

    Pero no voy a seguir contando negatividades, que es todo lo que he hecho hasta ahora. La banda de Dylan ofreció un concierto de calidad, excelentemente ejecutado. La voz rota de la estrella recitaba más que cantaba, pero siempre lo ha hecho así y ahora, en plena sesentena, no va a ser menos. El momento cumbre llegó con el primer bis, Like a Rolling Stone, que hasta a los más profanos no nos costó reconocer.

    Olvidables los "fuegos" desde Sagüés ("estos ganan, estos ganan..."). Olvidable la larga marcha sobre la arena hacia la salida de la playa. Todos mis respetos a las nubes, que se contuvieron justo hasta el momento en que pisábamos asfalto firme (por fin).

    E inolvidable la acampada y el momento-bocata con mis amigos sobre la arena, y los prismáticos que sirvieron para cerciorarnos de que, sin duda, era Bob Dylan el que cantaba.

    Chulería de altos vuelos

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  • 11 julio 2006
  • Retroclásica

  • Basta sólo con verles impecablemente uniformados, maletín en mano, con su gorra de plato y Ray-Ban de aviador desplazándose por los aeropuertos, sintiéndose observados y admirados, deseados y envidiados, para saber que la chulería es una asignatura obligatoria en la carrera de aviación. La que más créditos les reporta, por lo que veo.

    A ver si no. Cobran mucho más que la mayoría absoluta de los que nos pasamos la vida pisando tierra firme. Más que médicos en cuyas manos hay responsabilidades tan grandes (o más) como a bordo de un avión, porque el bisturí no tiene piloto automático. Mucho más que albañiles que se pasan jornadas interminables en lo alto de un andamio aunque caigan chuzos de punta, y son parte responsable de que aquello que construyen tampoco se caiga. Más que la gente que se rompe la cabeza para vendernos la idea de que no hay nada como viajar con Iberia.

    Y toda esta gente que se pasa el año sudando la camiseta, soñando con hacer ese único viaje al año, esas vacaciones que no tiene la oportunidad de tomarse en otro momento sino en éste, precisamente, es la que estos señores de porte chulesco y Ray-Ban toman como rehenes sólo por asegurarse su puesto de trabajo (tan seguro como el del resto del mundo, imagino) ante la llegada de la competencia. Imaginemos que todos los colectivos laborales hicieran lo mismo en sus respectivas épocas-punta. Viviríamos en el caos permanente.

    Merecido tienen estos señores de Iberia que se les caigan los esquemas (que no los aviones), que se les rompan las gafas de sol el día que tienen que volar, que vayan a la tienda a por las de repuesto y... que se la encuentren en huelga (porque el señor que vende las Tchin-Tchin hace peligrar a las auténticas Ray-Ban, mira por dónde). Quién demonios se arriesga a volar con ellos en los días punta, ya que no hay una sola época de vacaciones sin el sarao de turno, sin que monten el secuestro masivo de turistas en los aeropuertos. Y, que yo sepa, el secuestro es un delito.

    Chulos y egoístas. Creo que son dos de los peores epítetos que se les puede endosar.
     
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