Calle 14: 2008

Los años sin Carmen

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  • 09 diciembre 2008
  • Retroclásica
  • El día 8 de diciembre Carmen Martín Gaite hubiera cumplido 83 años. Lo del número es algo anecdótico, porque Carmiña siempre fue una joven de pelo blanco. Incluso de niña. Hace ocho años que se la llevó un cáncer fulminante, el tiempo ha pasado deprisa, pero ella sigue afianzándose como una de las mejores escritoras de todos los tiempos.

    En alguna entrevista que puede leerse en Internet, asegura que nunca vendió tantos libros como en su última etapa, porque fue cuando atrapó a una generación que nunca la había leído (en la que me incluyo), que la conoció en la época en que publicó Nubosidad variable y que comenzó a leerla hacia atrás, es decir, de las últimas hacia sus primeras novelas.

    La leí por primera vez precisamente cuando apareció Nubosidad, una novela que me fascinó desde la primera página, en la que los personajes, el hilo narrativo y la forma de tejer las palabras eran como una especie de conjuro mágico que secuestraba al lector. Lo he ido leyento todo, Lo raro es vivir, El cuarto de atrás, Retahílas, Entre visillos, La reina de las nieves, la estupenda Caperucita en Manhattan... Años después, Carmen visitó Donostia para dar una conferencia en el Hotel María Cristina, en la que nos contó su labor de escritora, su pasión por contar cosas, su forma de abordar la composición de sus personajes y su implicación en ello. Mientras la escuchábamos creo que nos sentíamos totalmente hechizados por ella; su espíritu de niña grande, su inseparable boina, la dulzura de su voz, esa franqueza con la que confesó no haber preparado nada pero tener mucho que decir... Salimos de allí como si hubiéramos pasado la tarde charlando y merendando té con pastas con una vieja amiga.

    La literatura en lengua española está llena de grandes artesanos de la palabra. Sigo leyendo, entre ladrillo y ladrillo, a Baroja, a Galdós, a Unamuno; a Machado, Lorca y Aleixandre. Y si algo vengo reivindicando y recomendando, es esa generación de posguerra tan maravillosa, la de Delibes, Sánchez Ferlosio, Sénder, los Aldecoa y Gaite, entre muchos otros nombres. Los libros que más he regalado los escribieron ellos. Y creo que han hecho afición entre sus destinatarios.

    Cambiando de asunto, os dejo aquí esta "película" que mi sobrina Raquel y su padre hicieron ayer para entretenerse un rato... Es corta, pero intensa. Yo ya les he dado un Oscar.

    Breve encuentro, grandes expectativas

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  • 20 noviembre 2008
  • Retroclásica
  • briefencounter.jpgLa suerte de ver una retrospectiva en el cine tiene la virtud de convertir la sesión en algo nuevo. No importa que una se sepa la película de memoria, la experiencia de verla en el cine por primera vez contagia de primicia a la historia y el despliegue de los fotogramas a lo ancho y largo de la pantalla del Principal propicia el descubrimiento de detalles, a veces no tan pequeños, en los que no habíamos caído. Brief Encounter (Breve encuentro, 1945) es una película que, pese al paso del tiempo y a la transformación del papel de la mujer en la familia, mantiene todo su encanto. Es una historia en la que hablan más los gestos y las miradas que las palabras. El tren de nuevo, o mejor aún, la estación de tren, es el punto de encuentro de los que van y vienen y, por casualidad, coinciden. De una forma no buscada, casi no deseada, dos personas descubren que fuera de la rutina -una rutina sin problemas ni altibajos- existe algo que devuelve emoción a sus vidas. Es una historia contada de mil maneras por la literatura y el cine, y en este caso (y como apuntaba el amigo Chema en una entrada anterior), ha tenido dos discutibles remakes, uno para televisión (confieso no haberlo visto) con Sophia Loren y Richard Burton, y el más reciente Enamorarse. Sin embargo, ninguna de esas versiones ha sido capaz de mostrar un enamoramiento con un leve movimiento de cámara como ocurre en la versión de Lean.

    greatexpectations372.jpg

    GreatExpectations.jpgGreat Expectations (Cadenas rotas, 1946) es otra vuelta de tuerca al enamoramiento. Basada en la obra de Dickens, contrapone una atmósfera misteriosa a el lujo alegre del Londres de la primera mitad del siglo XVIII, en el comienzo de la época victoriana. La atmósfera de la novela está perfectamente reflejada en ese contrapunto de ambientes. Después de revisarla la semana pasada, me quedo especialmente con la primera parte de la película, la niebla, el cementerio, la presentación de Pip, la aparición del prófugo y la entrada del niño en la mansión decadente de Miss Havisham. Una magnífica puesta en escena y una fotografía en blanco y negro que es capaz de reflejar el espíritu de la historia de Dickens, pese a que se altera considerablemente el final de la novela con un desenlace más optimista. Hay un remake de la historia más reciente, dirigido por Alfonso Cuarón y bastante peor tratado por la crítica, pero que a mi modo de ver sigue siendo interesante, sobre todo por la presencia de una de las grandes, Anne Bancroft, en el papel de Miss Dinsmoor (or Miss Havisham en la historia original).

    El espíritu de Dickens sigue sobrevolando el Teatro Principal. Mañana llega Oliver Twist, otra de las novelas del autor que ha tenido varias versiones en teatro y cine, incluso musical.

    All that JAZZ

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  • 10 noviembre 2008
  • Retroclásica
  • El tiempo vuela. De nuevo he caído en una pausa, pero de repente, una noticia entra en mi móvil que me hace (primero) saltar de alegría, (segundo) documentarme, (tercero) buscar y preparar las imágenes con que ilustrar esta entrada en el blog y (cuarto) abrir el blogger e identificarme y romper la poco conveniente desidia. Dicho sea de paso, vuelvo de un breve pero agradecido retiro del mundanal ruido, fuera de cobertura, lejos de la red de redes. Allá se me han ido los ratos terminando el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, poniéndome al día con Fotogramas (Cahiers no había llegado, ejem) y viendo las series que mi chico va encontrando por ahí. A destacar, Mad men, mi profesión cuarenta años atrás y en el corazón del mundo publicitario, la avenida Madison de New York; y Pushing daisies ("Criando malvas"). Las dos muy interesantes, de no ser porque nuestro deuvedé cascó. Ya hablaremos de ellas en otra ocasión.

    Qué gran noticia, al menos para mí, la que entró en mi móvil y en mi vida y en mis ilusiones la semana pasada: esta semana Barbra comienza a grabar un álbum con Diana Krall. Por fin se han escuchado mis (por llamarlas de algún modo) plegarias. Los álbumes de Barbra habían entrado en una línea excesivamente orquestal y empalagosa (con la excepción de Guilty Pleasures). En los últimos tiempos se ha recurrido en exceso a las recopilaciones y ediciones de conciertos, y los fans estábamos pidiendo un giro. Yo, concretamente, pedía una vuelta al Jazz, que si bien ella nunca ha sido una cantante de este género, sí que tuvo unos comienzos de cantante de club (en el Village neoyorkino) de los que quedan grabaciones apócrifas en las que se desataba con un acompañamiento jazzístico. Tanto arreglo melódico con gran orquesta empezaba a ser muy pesado y creo que, pese a que ya no es lo que fue, le queda mucho por dar.


    Diana Krall, que dejó su firma en el Kursaal el pasado mes de julio, puede aportarle eso: un repertorio muy apropiado (toda la discografía de Barbra está repleta de standards que han sido repertorio de las grandes voces del Jazz y de los crooners) y unos arreglos que pueden resultar interesantes. Por fin, además, tendrá frente a ella una voz que no competirá en potencia ni en notas largas, sino que pondrá un contrapunto de profundidad, de negrura, de talento, que quizá la diva aproveche para presentarse más brillante. No lo sé, de momento es sólo una noticia que ella misma dio en una radio de Indianápolis. A saber si es un bulo y tengo que desdecirme (snif, snif) más adelante. En el foro que frecuento y donde se ha dado a conocer la noticia, hay gente cercana a su management, si nadie lo ha desmentido a estas alturas... no perderemos la esperanza.

    Vuelta al cine. No me he olvidado de Blithe spirit, es que nunca tuve tiempo de completar la entrada que comencé a escribir. Fue la última película de Lean que se proyectó antes del paréntesis para el Festival de Terror (cuya legendaria sede es el Teatro Principal, de ahí la pausa). La película era de las "pequeñas", pero no deja de ser interesante, por ser una comedia de humor negro en la que se hace uso de unos efectos especiales avanzados para la época. Una nueva colaboración con Noel Coward, en la que el personaje principal está interpretado por Rex Harrison, si bien me quedo con el espíritu burlón y la gran Margaret Rutherford, haciendo de la medium Madame Arcati. La curiosidad me llevó a averiguar ciertos aspectos poco conocidos acerca de la mejor Miss Marple que ha tenido el cine, como que ella y su marido adoptaron a Gordon Langley Hall, quien más tarde cambiaría de sexo para convertirse en Dawn Langley Simmons y quien escribiera una biografía sobre su madre adoptiva en 1983. Os lo recomiendo, id tirando del hilo, porque la información que hay sobre ellos en Internet resulta apasionante.


    Y el próximo miércoles, una de las mejores películas de Lean: Brief encounter (Breve encuentro). Es duro volver de vacaciones, pero nos quedan estos alicientes. I am a jazz baby! (por no repetir lo de yes-güi-can)

    Derechos y patrimonio (de la humanidad)

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  • 22 octubre 2008
  • Retroclásica
  • Alberti y su primera esposa, María Teresa León

    Acabo de leer en El País que la figura y la obra de Rafael Alberti se están olvidando. Podría esta idea encajarse en el debate permanente sobre la calidad de nuestra cultura y de la enseñanza, pero en esta ocasión, y como podréis leer en el artículo que me lleva a expresar mi opinión, el contexto no es otro sino el del bloqueo de los derechos de publicación de la obra de uno de los más grandes escritores en lengua española.

    No sé por dónde seguir escribiendo acerca de mi malestar general: quizá es porque nunca he podido soportar la figura y el papel que juega en todo esto la-mujer-joven-que-se-casó-con-el-autor-consagrado-maduro. Es una circunstancia que se repite con otros autores: de Borges a Cela, pasando quizá también por el propio Saramago. Si bien María Kodama no me resulta tan antipática (aunque también supongo que ejerce de viuda de), qué decir de la marquesa que llegó, vio y venció y tejió un entramado empresarial para controlar todo el legado del autor de La colmena. Ni ganas de teclear el nombre de semejante arribista, porque mucho me temo que tiene un metabuscador que se dedica a localizar cuanto se escriba acerca de su difunto y de ella misma, egocéntrica y ególatra como pocas. Por qué señores tan cultos, con tanta experiencia, son capaces de arrimarse a mujeres de esa calaña y legarles todo, habiendo otros herederos naturales (y, además, por encima de todo, los lectores y la historia de la literatura), es algo que no llego a explicarme.

    Fundamentalmente, el artículo Alberti, de la arboleda al olvido viene a explicar cómo los derechos de la obra del poeta están controlados por una sociedad que maneja su viuda, María Asunción Mateo, y que ha secuestrado de tal manera la obra que hay libros del autor (uno esencial para tener un primer contacto con su obra: Antología poética, de colección Austral), que tras agotarse su última edición no han podido ser reeditados.
    La famosa imagen de la Generación del 27
    La figura de Rafael Alberti es una de las claves no sólo para explicar un episodio fundamental de la historia de la literatura española, sino también para comprender a una generación política y cultural del siglo XX. Tuve la suerte de estudiar literatura cuando el nombre de Alberti, aún en vida, ya era parte de los temarios de los libros de EGB y bachillerato. Es decir, estaba a la altura de los clásicos y formaba parte de lo que didácticamente se vino a agrupar bajo el nombre de la Generación del 27, la de Lorca, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, José Bergamín, Pedro Salinas, Gerardo Diego, León Felipe, Miguel Hernández, Dalí, Buñuel... y damas como Rosa Chacel, aunque pocos la mencionen dentro de esta generación.

    Delibes, Chacel y Alberti

    Si ahora una sociedad va a controlar los permisos para que Serrat entone su "Se equivocó la paloma..." o los libros de texto escolares incluyan ejemplos de la poesía de Alberti, estamos ante la mercantilización de una obra artística que debería más bien declararse patrimonio de la humanidad; ese control de algo que todos tenemos derecho a conocer y disfrutar. No hará sino negar esa obra a nuevas generaciones, a las que de por sí resulta muy difícil animar a leer, ya no digamos clásicos o poesía. Esta señora está tirando piedras contra su propio tejado: ponerlo todo difícil o extremadamente caro hará que el autor de Marinero en tierra desaparezca de las estanterías de las librerías y que cuando reaparezca nadie lo reclame. Es para reflexionar que Camilo José Cela Conde y Aitana Alberti se hayan quedado fuera de juego. Y esta actitud es tan impropia de un personaje como fue Rafael Alberti... Seguro que él invitaría al fotocopiado masivo y reaccionario.

    Instantes y vidas que mandan

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  • 16 octubre 2008
  • Retroclásica

  • Ayer envié un mensaje a todos mis contactos alertando de la existencia, en un lugar recóndito de los rayos catódicos, de una pequeña joya documental. Quizá me dejé llevar por el entusiasmo y, quien efectivamente se ocupara de esperar a verla o grabarla, después me diga, vaya, no era para tanto. Es posible que la vida de una burguesa rica durante gran parte del siglo XX no despierte interés, es verdad que a veces resulta hasta obsceno verla rodeada de comodidades en una época de problemas, hambre y carencias. Pero realmente no se trataba de observar todo eso, sino de lo que ella observaba y privilegiadamente atesoraba.

    Pensemos: in illo tempore ni viajar, ni fotografiar, ni rodar la realidad (demasiado feliz para ser realidad) estaba al alcance de cualquiera. Puede que hoy, especialmente la gente joven, desprecie estos detalles. La vida digital ha puesto a nuestro alcance todo esto y más, y viajar se ha democratizado. Ver a Madronita Andreu entre los rascacielos de Nueva York o en camello por el desierto es una imagen mucho más exótica; viajar entonces era una aventura, algo en lo que se invertía mucho dinero y, sobre todo, tiempo. Lo bonito fue que ella misma era consciente de la necesidad de guardar todo eso a sabiendas de que era un mundo cambiante que, al irse ella, no retornaría. Lo suyo era un anticiparse a todas las modernidades, una mujer cámara en mano diciendo a todo el mundo qué hacer, hacia dónde moverse, cómo posar ante su tomavistas (no sé cuántos años hacía que no utilizaba este término). Además, su lente iba registrando todas las etapas de su vida: la única imagen que existe de su padre, el famoso Doctor Andreu, acaudalado industrial dueño de medio Tibidabo, sus dos matrimonios, sus hijos...

    Su madre era hermana del pintor Francisco Miralles. En un ambiente artístico e intelectual, Madronita, desde muy joven, se interesó por la fotografía, después por el cine, y acumuló material rodado en su entorno familiar y social, primero con una cámara de 8mm y más tarde con otra de 16mm, con la que demostró buenas maneras, talento y mucha intuición. Más de 900 bobinas de película en 16mm, depositadas en la filmoteca catalana, son la fuente de esta recopilación que es Un instante en la vida ajena, un documental donde se resume de forma brillante una época que ha quedado atrás definitivamente, dirigido por José Luis López-Linares en 2003, merecedor de un Goya a la mejor película documental. Pese a estar editada en DVD, es difícil de encontrar, pero ayer al menos se emitió en La 2, con lo que nos quedó la oportunidad de grabarla y guardarla como un pequeño tesoro.

    La dosis semanal de David Lean: preciosa copia de This happy breed (La vida manda, 1944), en la que a ratos (especialmente al principio) hay algo que recuerda al cine de Frank Capra, quizá esa primera secuencia de la llegada de la familia a la casa, con la abuela, la tía, el gato, cada personaje como llegado de un planeta diferente es, manteniendo las distancias, algo que recuerda ligeramente a esa atmósfera medio loca de You can't take it with you (Vive como quieras, 1938). Obviamente, la historia va por otros derroteros e inclina la balanza más hacia lo trágico que hacia lo cómico, aunque reconozcamos que hasta el título tiene más aspecto de ser de Capra que de Lean. [Nota a mí misma: qué grande es Capra. Programaré una retrospectiva doméstica].

    Nada cobarde

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  • 07 octubre 2008
  • Retroclásica
  • Segunda sesión de la retrospectiva de David Lean. Su primera película, codirigida con Noel Coward ("coward" significa en nuestro idioma "cobarde"). "In which we serve" se tituló aquí "Sangre, sudor y lágrimas", palabras extraídas del discurso de Churchill a la Cámara de los Comunes en mayo de 1940. De nuevo, enhorabuena; una película restaurada, copia impecable del BFI, blanco y negro que no hace sino acentuar lo gris de una etapa que tanto ha dado de sí en el mundo del cine: la II Guerra Mundial.

    "Ésta es la historia de un barco...", comienza la película con la narración del mismísimo Leslie Howard. Y tras resumirnos que la compleja construcción de un barco es labor larga en la que colaboran muchas personas, se nos cuenta el final del mismo barco, siendo el resto de la narración una sucesión de flashbacks que muestran que la historia de esa mole de hierro flotante es la suma de pequeñas historias (la unamuniana intrahistoria, quizá), que el gran drama de la guerra es la suma de millones de pequeñas tragedias. La misma persona que lanza un proyectil para derribar al enemigo lucha por sobrevivir, por volver con la mujer a la que conoció en un tren (elemento imprescindible del cine de Lean). Un grupo de marineros que se agarran a un bote salvavidas como se aferran a la vida a través del recuerdo, una forma de sostenerse y sobrevivir esperando al rescate bajo la permanente amenaza del enemigo, del hambre, del frío, de la sed; elementos por los que se pasa de soslayo, como queriendo mostrar que la forma de combatirlos es concentrarse en los recuerdos o en aquello que les espera en casa.


    La historia se aborda con una grata ausencia de patriotismo al que nos tiene acostumbrado el cine bélico del otro lado del charco. Los británicos son más flemáticos, de ahí que el personaje encarnado por Noel Coward (que además firma el guión y la música) resulte de una bondad en cierto modo poco verosímil; se le hace inevitable traslucir cierto amaneramiento, a pesar de mostrarse duro, impasible casi siempre. Los nombres se agolpan en el reparto: John Mills (en la foto, con su Oscar por Ryan's Daugther), Celia Johnson, Michael Wilding (casi más recordado por ser uno de los maridos de Elizabeth Taylor) y Richard Attenborough. Para cuando David Lean accedió a la labor de dirección, estaba ya muy curtido como montador o director de segundas unidades, lo que resulta visible en una película que no parece tanto una ópera prima.

    Doctor Lean

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  • 02 octubre 2008
  • Retroclásica
  • Por si queda la duda de si hemos o no acabado con empacho de celuloide, anoche nos sometimos a una dosis fílmica de 197 minutos del mejor cine. NOSFERATU, ese estupendo cine-club municipal de Donostia Kultura, ha iniciado el curso escolar con una retrospectiva que los aficionados hemos recibido con los brazos bien abiertos: David Lean, cuando se cumplen cien años de su nacimiento. Y como quien exhibe fuegos artificiales en La Concha, el lanzamiento inicial ha sido espectacular.

    Que sea una producción de Carlo Ponti hizo de la de ayer una transición mágica desde la retrospectiva de Monicelli con la que algunos hemos convivido en los últimos diez días hacia la normalidad. Con Doctor Zhivago restaurada y en una copia limpia de la Cooper, ayer disfrutamos de todos esos matices que nos hemos perdido en las cada día menos escasas emisiones de clásicos por televisión. Los machadianos campos de Soria, el Moncayo y la estación de Canfranc eran mucho más visibles y reconocibles a nuestros ojos, así como los actores españoles no acreditados, de los cuales el más popular es José María Caffarel. La imdb al fin hace justicia y ofrece una relación exhaustiva de los actores españoles que intervinieron en la película.

    Esta versión en scope del original en 70mm, un formato carísimo y de fotografía espectacular (de Freddie Young), tiene matices que quienes no la habíamos visto en pantalla grande nos habíamos perdido. Me quedo, sin duda, con el momento en que se hace evidente que Yuri está loco por Lara (bellísima Julie Christie): no hace falta expresarlo con palabras, ni con gestos, simplemente ubicando a Omar Sharif en la penumbra e iluminando esos ojos que lo dicen todo (debo encontrar el fotograma para publicarlo aquí).

    La nieve, que no es nieve, es mucho más fría. La cicatriz en la cara de Pasha, el deseo de Komarovsky (Rod Steiger, siempre grande), la bondad de Tonya (Geraldine Chaplin) y la irresistible belleza de Lara, todo es más evidente, más grande, más bello, más épico en una sala de cine en la penumbra. La copia completa incluye la obertura sin imágenes y el intermedio, con lo cual podemos disfrutar de una banda sonora magistral de Maurice Jarre, sin la cual Zhivago sería una narración incompleta. La copia tiene, además, sonido digital y eso se nota.

    Para mí hay tres secuencias determinantes: Una, cuando después de desertar y de recorrer al borde de la locura kilómetros y kilómetros, helado de frío y agotado (en la foto, Omar, todo ojos), llega a Yuriatin, recoge la llave de la casa de Lara en el escondite y lee la nota de Lara, que le ha preparado patatas hervidas. Dos, cuando Yuri, Lara y la niña llegan a la mansión helada de Varikino, entrando en una especie de palacio de cristal donde la escarcha y el polvo se confunden en un entorno tan fantasmal como romántico y mágico. Y tres, la penúltima secuencia, la de la impotencia de Zhivago cuando divisa a Lara desde el tranvía pero no puede alcanzarla.

    En esta película aparece uno de los elementos favoritos de Lean, casi constante en su filmografía: el tren. Una de las secuencias fue rodada en la bellísima estación de Canfranc, en Huesca. Hace años que no la visito y la última vez contemplé el deterioro de un lugar que todavía retiene cierto carácter aristocrático, como de belle epoque.

    Y un detalle que sobrecoge: el vals que invita a comprar la lotería de Navidad, (con lo que ello deprime). Noté cierto asombro entre algunos espectadores, que no sabían que la musiquilla del calvo de la lotería procedía de esta película.

    La película fue candidata a diez oscars, de los cuales se llevó cinco: mejor guión adaptado (Robert Bolt), mejor fotografía, mejor banda sonora, mejor vestuario y mejor dirección artística (entre los galardonados, Gil Parrondo).

    Mamma Meryl, Ciao Paul!

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  • 28 septiembre 2008
  • Retroclásica


  • Antes de transmitiros esa carcajada colectiva en que Meryl fue capaz de convertir una rueda de prensa, no puedo pasar por alto la desaparición del actor favorito de muchos de nosotros. Una vez más, nos quedamos sin un intérprete irrepetible, porque será difícil que alguien pueda ofrecer una filmografía tan variada, completa y con los mejores directores de toda la historia del cine. Paul Newman era, más que una estrella, un actor; uno de los pocos grandes que han sido capaces de llevar una vida privada discreta y alejada de los flashes de Hollywood, y eso a pesar de no ser inmune a las tragedias o de tener otras actividades exitosas fuera de las cámaras: Newman's Own y los Hole in the Wall Camps, o las carreras de coches, una pasión de la que no hace tanto se retiró. Hace poco celebró cincuenta años de matrimonio junto a la mujer de su vida, Joanne Woodward, magnífica actriz que protagonizó casi todas las películas que Newman dirigió, destacando Rachel, Rachel y The Effect of Gamma Rays on Man-in-the-Moon Marigolds. Mencionar las películas de Newman y escoger las favoritas de entre todas ellas sería una labor de días y días y días... Las webs, los periódicos y las revistas darán toda clase de detalles biográficos y filmográficos. Yo aquí sólo quiero apuntar que es muy difícil escoger una película, pero esta tarde, en su honor, yo voy a ver THE STING (El golpe, George Roy Hill, 1973).

    Las horas con Meryl

    Por primera vez en muchos años me las he arreglado para ver de cerca a una de las más grandes. Confieso que hace años renegaba de sus trabajos, no sé por qué, quizá no comprendía ese meterse tan a fondo en la caracterización de sus personajes, pero con el tiempo y con la llegada de papeles comprometidos y sorprendentes (The Hours y Adaptation, por mencionar dos recientes), he valorado cada vez más no sólo sus dotes interpretativas, sino su habilidad para escoger personajes. Echad un vistazo a la rueda de prensa y a la ceremonia de entrega del premio Donostia 2008 a Meryl Streep. Actos breves, divertidos y emocionantes, en los que te das cuenta de lo mucho que ha dado de sí su carrera y lo que le queda todavía por aportar. Pocos video-clips pueden compilar tantas grandes películas como las de la filmografía de una mujer que parece estar viviendo siempre en la plenitud de su carrera, a pesar de que, como ella bromeaba, lleva planteándose desde los cuarenta años que "éste es mi último año en el cine". Ella estuvo así de cerca:


    De Meryl hay que destacar esa afición suya a indagar en el personaje adoptando acentos digamos exóticos (su famoso "I had a farm in Africa") y esa habilidad para representar auténticas sufridoras (en The French Lieutenant's Woman, Sophie's Choice, entre otras) o coquetear con la comedia (la reciente Mamma Mía). Si buscamos un epíteto, el viernes alguien propuso "versátil" y estoy totalmente de acuerdo, pero sería inexacto sin otros adjetivos como "divertida", "bromista" y "sensible". Lo que ha terminado por conquistarnos es esa amabilidad no fingida, como si ella se tratara de nuestra vecina de enfrente que sale pitando de casa para llevar a los niños al cole. Muchos de nosotros nos emocionamos minutos antes de que ella bajara las escaleras del escenario para recoger su premio, mientras en las pantallas podíamos ver un resumen demasiado comprimido con sus grandes personajes, de la Jill Davies de Manhattan a la Donna que en Mamma Mía! canta un rendido "The winner takes it all", pasando por Karen Blixen de Out of Africa, o su papel de cantante country en el último film de Robert Altman, A Prairie Home Companion. Un currículum que, como nos contó, a veces tiene que repasar cuando comparece ante la prensa, porque entre embarazo y embarazo, le quedan por ahí algunas lagunas... Qué mujer.

    Donostia, año Monicelli

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  • 24 septiembre 2008
  • Retroclásica

  • Bien, por fin un rato para acercarme al blog. Qué decir, divisando la recta final de nuestro Zinemaldia. Hoy no hago más que escuchar eso de "vaya ojeras, chica". Sí, hoy es uno de esos días que o me tomo un RedBull o no aguanto. Si hay una época del año en que mi consumo de cafeína supera con creces la media es ésta. Por mucho que te guste el cine, es muy duro estar dentro de una sala desde las cuatro de la tarde hasta prácticamente la una de la mañana. Menos mal que el cine de Monicelli, a veces mediocre, a veces brillante y muchas veces divertido, y eso compensa.

    A estas alturas voy cumpliendo mi estricto plan de sesiones. Y no nos podemos quejar, el ciclo funciona bien, la gente se divierte, y de vez en cuando descubrimos alguna perla que desconocíamos. Monicelli pasó por Donostia y se fue, y allí está en su casita de Roma, Vicino al Colosseo, descansando del ajetreo. No tuve la oportunidad de verle, lástima.

    Si me preguntan por otras películas, ni idea. Estoy totalmente desconectada del resto del festival. La gente opina sobre lo que ha visto y con algunas películas, como la de Jaime Rosales, hay división de opiniones. Yo vi Tropic Thunder antes del comienzo del festival y, pese a Ben Stiller, Jack Black y Tom Cruise, que no son precisamente mis actores favoritos, la película me gustó por lo cínica, crítica y bestia que es; Hollywood dentro de Hollywood.

    Si tengo que quedarme con algún título, revisar "I soliti ignoti" ha sido un auténtico placer. "Guardie e ladri" me la reservo para verla en casa, pero del resto, os recomendaría "Parenti serpenti", "Vita da cani" y, por supuesto, "La grande guerra". Muy recomendable "Risate di Giogia" con una magna Magnani. Contaré más, habrá alguna foto, actualizaré links, pero cuando me recupere de ésta...

    Two for the road, Dos en la carretera

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  • 05 septiembre 2008
  • Retroclásica
  • Me habían hablado de las virtudes de esta película docenas de veces, pero tuve que esperar a que una cadena de televisión por fin la programara, de madrugada, para grabarla y por fin verla, y quedarme prendada de ella y convertirla, visionado a visionado, en mi película favorita. Aquí os apunto algunas de las razones que hacen de ella una pequeña gran obra maestra.

    1. Frederic Raphael


    Novelista y guionista de cine y televisión en activo desde finales de los cincuenta. Antes de Dos en la carretera había firmado varios guiones, siendo el más destacable Darling, que le reportó un Oscar, y más adelante firmaría Daisy Miller y Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Es el responsable de todas las perlas que podemos encontrar en el guión:


    Mark: ¿Qué son dos personas sentadas la una frente a la otra sin hablarse?
    Joanna: ¿Un matrimonio?

    Mark: Bitch! (aquí lo tradujeron como “bruja”, aunque lo correcto sería decir “zorra”)
    Joanna: Bastard!

    Mark: Acordamos antes de casarnos que no tendríamos niños.
    Joanna: Y no los tuvimos antes de casarnos.

    2. Henry Mancini


    Mancini (1924-1994) será eternamente recordado por dos obras fundamentales: la banda sonora de Desayuno con diamantes y el tema de La pantera rosa. Entendió como nadie la evolución hacia el pop y el jazz de la música de cine y también innovó el tratamiento de las sintonías de las series de televisión. Sin duda, son sus colaboraciones con Blake Edwards y Stanley Donen las que han propiciado sus obras más interesantes y reconocidas. Para mí, además de ésta y las mencionadas, Peter Gunn, Charade y Victor/Victoria son probablemente sus partituras más inspiradas. La música para Two for the road es muy descriptiva, transmite perfectamente las situaciones de movimiento, las humorísticas, las dramáticas, imprime un aire pop que encaja perfectamente en la estética cambiante de paisajes, vestuario, objetos y personajes. Como en muchas de sus bandas sonoras, queda un tema principal cantable, que elegantemente orquestaba para ser interpretado por un coro de voces, algo muy propio de los años sesenta y en particular de las obras de Mancini. Por suerte, ésta y muchas de las grabaciones originales del compositor han sido remasterizadas y editadas en los últimos años.

    3. El montaje y la dirección artística

    Madelein Gurg y Richard Marden son los artífices de este puzzle de flashbacks engarzados con precisión, en el que se mezclan cinco momentos en la historia de un matrimonio, perfectamente sincronizados, con transiciones sutiles, y en el que no nos perdemos gracias a la dirección artística de Marc Frederic y Willy Holt. Cada etapa en la historia de esta pareja en la carretera se identifica por el medio de locomoción empleado, por su aspecto y su vestimenta, y también por la gran labor de los actores, que imprimen un estado de ánimo diferente a cada situación, cada uno de ellos resultado de la etapa anterior. Nunca un collage aparentemente desordenado es tan claro desde el planteamiento inicial de la película. No sería la misma si siguiera una línea cronológica recta. Ésta es una carretera con curvas y cambios de rasante que evoluciona desde el auto-stop hasta el elegante Mercedes.

    4. William Daniels, Eleanor Bron y su insoportable Ruthie


    Secundarios de lujo, el matrimonio Maxwell-Manchester y su retoño repelente y caprichoso se convierten en inolvidables compañeros de viaje de los recién casados Mark y Joanna. A William Daniels (NY, 1927) lo hemos visto en muchas películas y series de televisión, pero sin duda para mí su Howard es el mejor personaje que ha encarnado en su larga carrera profesional; algunos lo recordamos como el juez Bedford en Cita a ciegas (Blake Edwards, 1987) o como padre de Dustin Hoffman en El graduado. En cuanto a Eleanor Bron (Stanmore, UK, 1938), quién no la recuerda como Ahme en Help (1965), o en Mujeres enamoradas y sigue en activo, en el cine y en la televisión. Sin duda, esa excursión fallida a Grecia no hubiera sido la misma sin el monstruo cuellicorto que emerge de las faldas de su madre: No, Ruthie, I didn't. No, I did not. No, Ruthie. No.

    5. Albert Finney, Audrey Hepburn, Stanley Donen


    Cuenta Donen que en el momento de realizar la película, Finney, Hepburn y él mismo estaban o acababan de salir de un doloroso proceso de divorcio y que eso influyó mucho en la relación entre los actores y la interpretación de los personajes centrales, así como en el tratamiento del deterioro de la relación de pareja que se describe. Para Audrey tener a Finney frente a ella supuso un soplo de aire fresco, por su buen humor. El papel de Mark Wallace fue rechazado por Paul Newman, que hubiera hecho un trabajo sensacional, probablemente, porque creo que ambos actores son capaces de imprimir cinismo a la vez que picardía a un personaje que arranca antipático y que así lo requiere. Mark es un hombre ambicioso y egoísta, a ratos divertido, encantador y amante e incluso inspira pena cuando se muestra decepcionado. Joanna es una mujer dulce y sincera, débil, amante, divertida, por momentos podemos pensar que él no la merece, aunque esa debilidad hace que la balanza se nivele. Donen, lejos de los preceptos estilísticos del musical, compone esta película con la misma precisión con la que se erige el granero de Siete novias para siete hermanos haciendo gala de un sentido del ritmo similar al del género musical. Consigue que el conjunto sea una historia de alto nivel estético y narrativo. No sólo ha resistido al paso del tiempo, sino que con los años se ha ido fortaleciendo y adquiriendo valores que quizá en su estreno pasaron desapercibidos. Bueno, sí, en San Sebastián, en 1967, un grupo de locos por el cine supo reconocerlo.

    Zinemaldia 2008

    7
  • 29 agosto 2008
  • Retroclásica
  • Ya llega, ya... otra edición del Festival de Cine de San Sebastián. Y con él... la retrospectiva de Mario Monicelli.


    En ediciones anteriores tuvimos la oportunidad de disfrutar de Hambre, humor y fantasía (1998) y Boom italiano (1999), que han sido la mejor aproximación que he vivido a la comedia italiana. Recuerdo con especial cariño la retro del 98, porque quizá me gustaron mucho más las comedias de los años 40 y 50, con Totò como uno de sus grandes actores. Por suerte, varias de las películas que protagonizó están entre las dirigidas por Monicelli, así que espero tener la oportunidad de ver y compartir estas pequeñas joyas con quien desee pasar un buen rato.

    Así que tendremos, del 18 al 27 de septiembre, una cita con Aldo Fabrizzi, Sophia Loren, incluso con Jacqueline Bisset o Goldie Hawn, si es que el ciclo incluye sus títulos, ya que excede el número de títulos que habitualmente componen un ciclo de estas características. Lo esperable es ver, entre otras, I soliti ignoti, Guardie e Ladri, o La grande guerra, tres clásicos del cine italiano. Entre otros nombres que son parte de la historia del cine, Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale, Alberto Sordi, Vittorio Gassman y una larga lista de intérpretes.

    PD. A la Bargallò. Algún día volverás a pasearte por el María Cristina. Hala, te dedico el nuevo look.

    Hello, Wall·E!

    5
  • 22 agosto 2008
  • Retroclásica
  • “Out there
    There's a world outside of Yonkers
    Way out there beyond this hick town, Barnaby
    There's a slick town, Barnaby
    Out there
    Full of shine and full of sparkle
    Close your eyes and see it glisten, Barnaby
    Listen, Barnaby...
    Put on your Sunday clothes,
    There's lots of world out there…”

    Plano general de la Tierra (por el ángulo americano, por supuesto) desde un satélite, probablemente abandonado en el caos espacial, en un viaje hacia un planeta árido, abandonado, invadido por la chatarra y la basura, donde un robot y una cucaracha indestructible conviven, sobreviviendo al paso del tiempo, a la contaminación y al cambio climático.

    Wall·E es trabajador y metódico, está programado para amontonar basura. Su mundo está en su ciudad de gigantescos rascacielos de residuos que él mismo va compactando y elevando bloque a bloque, recogiendo todo lo que en algún momento ha quedado abandonado por una sociedad de usar y tirar que parece haber huído despavorida. Los residuos de un mundo presuntamente moderno se convierten en juguetes y curiosidades que con mimo atesora en su vivienda, en el corazón de una máquina tan muerta como todo lo que hay alrededor.

    Si nos preguntamos cómo Wall·E y la cucaracha han logrado sobrevivir en soledad, digamos que de sobra es conocido que el repulsivo insecto es indestructible, y que el robot se alimenta de energía solar bien dosificada y de impulso emocional procedente de una vieja cinta VHS que le transmite alegría y esperanza. Éste, por muy máquina que sea, entiende que más allá de aquello para lo que lo han programado, hay algo, un baile, una música, una canción, una vestimenta especial para los domingos… y una mano que entrelazar con su pezuña de acero.

    Ese viejo VHS es el mismo que atesoro en alguna caja de mi garaje, donde duermen apilados los restos inservibles de mi reciente pasado. Hello, Dolly! es una obra infravalorada, denostada por la crítica y que, a pesar del éxito de público, nunca pudo recuperar en la taquilla lo que se invirtió en su rodaje. Que de la película se hayan escogido dos temas no es casualidad, como tampoco lo parece que se haya obviado al personaje principal y que da título a la obra, para centrarse en un secundario, Cornelius Hackl, o Michael Crawford. Hasta el punto se ha eliminado a Dolly que apenas quedan rastros en los compases en que debería sonar su voz; esta vez no importa. Wall·E se siente Cornelius Hackl, empleado en la tienda de piensos y forrajes de Horace Vandergelder; un joven de veintiocho años y pico (sic) cuyos escasos ahorros de toda la vida están en la caja fuerte de su jefe, y su vida entre las paredes del almacén en el que trabaja y vive. Cornelius sabe que fuera de esas paredes hay un mundo diferente, lleno de diversión y donde existe una chica a la que poder besar.

    El empleado de almacén y el robot basurero se salen de la rutina un feliz día en el que conocen a la chica de sus sueños. A partir de entonces su existencia no va a ser la misma. Cornelius sale de Yonkers: Nueva York es una fiesta, con el desfile de la Calle 14 y el concurso de baile del Jardín de la Armonía. Se enamora instantáneamente de Irene Molloy, la dueña de una sombrerería que hasta entonces aspiraba a casarse con un millonario; ella, al conocer a Cornelius, se da cuenta de que ha de aprovechar el momento para saborear el lado frívolo de la vida.
    Wall·E recibe la visita inesperada de Eva, una sonda que rastrea la Tierra en busca de indicios de vida. Una chica de armas tomar, pulcramente vestida de blanco. La escasa belleza de ese mundo es Apple: Wall·E despliega sus paneles solares con el clásico acorde del MacOS, o enchufa el iPod para escuchar su música favorita. Y Eva es blanca, pulida, brillante y elegante como un iMac. Después de superar la violenta irrupción en su territorio de una sonda siempre a la defensiva, Wall·E y su banda sonora consiguen conectar emocionalmente con ella y lo que ocurre de ahí en adelante es una sucesión de aventuras en las que el héroe de la chatarra se mueve, más que con energía solar, con la fuerza del enamoramiento.

    Llena de guiños, homenajes e inspiraciones fílmicas, no es sino una matriushka que encierra pequeñas muñecas, como Gene Kelly lleva dentro a Stanley Donen que encierra dentro de sí a Vincente Minnelli. Y en las entrañas de Wall·E no sólo está Cornelius Hackl. Hay también algo de Buster Keaton (el hombre mudo, feo y serio que no para hasta conseguir a su amada), o del Chaplin de Tiempos Modernos, o de Harpo Marx, capaz de sacar de los bolsillos de su gabardina un perro o una escoba. Wall·E es una matriushka de pocas palabras. Su fisonomía tiene que ver con Short Circuit y con el propio ET, del que también sale inspirada la planta (donde hay vida, hay esperanza); hay un homenaje expreso a 2001 y otros más tenues a Artificial Intelligence y a Star Wars. Por último, por encima de todo es un elogio a las películas románticas clásicas y a la actitud positiva del género musical: basta sólo un momento, un instante, para enamorarse para toda la vida…

    “I held her for an instant
    But my arms felt sure and strong
    It only takes a moment
    To be loved a whole life long...”
    Una obra maestra de Pixar (otra más), que aprovecha para criticar el mundo consumista, de usar y tirar; apunta contra una sociedad orientada a la comodidad, cuesta abajo hacia la obesidad, la ignorancia, la inactividad y la destrucción. En un panorama existencialista, sombrío, casi yermo, una pequeña planta resurge de entre la basura (una bota que Charlot la recibiría como si fuera un exquitiso bistec con ensalada), con un destello de verde optimismo, desencadenando una historia de amor y devolviendo la esperanza de resucitar un mundo extinto. No resulta muy alentador, en cualquier caso, que el comandante del buque esté convencido de que plantando semillas, obtengan deliciosa pizza…

    Rojo y azul

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  • 04 agosto 2008
  • Retroclásica

  • Para dar fe de que no todo se emulea, en casa habitan unos cuantos centenares de deuvedés originales. No, si lo del divequis es, cómo diría yo, más que nada por aprovechar espacio. Aquí mis últimas adquisiciones: el montaje original en teatro de SWEENEY TODD (Stephen Sondheim, oh, venerado dios de Broadway), y un concierto de HARRY CONNICK JR. con su big band en Nueva York en 1992. Nada que ver uno con otro, si han venido conmigo en la misma bolsa, era porque el precio los hacía merecedores de la compra.

    ROJO

    Hay gente a la que no le ha gustado la versión que Tim Burton ha hecho de Sweeney Todd para el cine porque hay demasiada sangre; yo más bien diría que porque los musicales de Sondheim no son para ver comiendo palomitas precisamente: la música es compleja, las letras muy profundas y las tramas, como en este caso, no tienen nada de superficial ni gratuito. Sí, pienso que Tim Burton se ha excedido tanto en la sangre como se ha quedado corto con el papel femenino. Además, carece del humor negro del montaje original y, claro está, Mrs. Burton o Helena Bonham-Carter no es Angela Lansbury, la señora Lovett.

    Estrenada en Broadway (Uris Theatre, marzo 1979), originalmente el papel del protagonista estaba interpretado por Len Cariou; esta producción para TV se rodó durante la gira americana de 1982, que mantiene a Lansbury e incorpora a George Hearn como barbero. Se ha repuesto en Londres y Broadway en múltiples ocasiones, a destacar la Mrs. Lovett de Patti Lupone, y se han hecho versiones en otros idiomas en todo el mundo. En 1995 Mario Gas dirigió una versión interpretada por Constanino Romero y Vicky Peña, primero estrenada en catalán y más tarde en castellano. Parece ser que Sondheim ha dicho que ése era el mejor Sweeney Todd. Interesante: la voz de Clint Eastwood y de Darth Vader.

    Si hay algo que reivindicar de todo esto es el papel de Lansbury: es una pena que se la recuerde sólo como la irritantemente perspicaz Señora Fletcher a la que ningún crimen se le resiste, quizá conocedora de los trucos aprendidos en sus días como pastelera de la calle Fleet.


    Angela Lansbury lo ha sido todo en el mundo del espectáculo. También tuvo papeles interesantes en el cine, como Gaslight, o muchos la recordamos en Bedknobs and broomsticks (La bruja novata). Entre sus memorables trabajos en el teatro destaca Mame, de Jerry Herman, especialista en entretenimientos de alta calidad, como Hello, Dolly! Algo similar ocurre con Bea Arthur, a quien por estos lares se le recuerda más como la Dorothy de Las chicas de oro, siendo prácticamente desconocida su brillante trayectoria en el teatro; por cierto, hace sólo unas semanas fallecía la mordaz Sofía Petrillo, es decir, Estelle Getty.

    AZUL


    Este hombre lleva unos veinte años residiendo en mis estanterías. Fue la banda sonora de When Harry Met Sally la que me conquistó, no sólo sus ojos azules, su destreza al piano y su voz al más puro estilo Sinatra. En España se ha dejado escuchar en algún concierto, yo cruzo los dedos para que una futura edición del Jazzaldia nos lo traiga al Kursaal. Pianista precoz, con once años se codeaba con las mejores bandas de New Orleans, y comenzó su carrera en los clubes de Nueva York. Ha coqueteado con el pop, pero donde mejor se mueve es en el terreno de las big band. Ah, repitamos su nombre... Se llama Harry Connick Jr.

    Algunas estrellas brillan, yo sudo

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  • 31 julio 2008
  • Retroclásica

  • Ya lo dije: no hay nada mejor que no esperar NADA de un concierto. Sobre todo cuando lo que se va a presenciar sobre el escenario es brillante, irrepetible. Cuando una piensa en las estrellas de Hollywood las imagina como algo lejano e inalcanzable, más cuando sostienen el estatus de diva (o divo) y ejercen como tales. Además, hay figuras que llevan varias estelas tras de sí; Liza es una de ellas: su bagaje es variado y su recorrido largo. Por suerte, el domingo 27 tuvimos la ocasión de comprobar que ha sabido administrar bien su herencia, que está ahí para transmitirla y que, a pesar de los rumores, recaídas, cicatrices y leyendas, es una profesional del escenario, una actriz de los pies a la cabeza, y sus dotes como cantante y show-woman no se han perdido.

    Lo cuentan los periódicos: nos dejó a los habitantes del Kursaal anonadados, emocionados, embriagados. Podría seguir empalagando este texto con epítetos. Liza dio cuenta de toda la profesionalidad acumulada en sus rodillas y su cadera, a saber lo que le estaba haciendo sufrir el dolor de moverse. Si en la primera parte del concierto hizo uso de la silla para transmitirnos su repertorio más intimista (soy lo suficientemente inteligente como para no esperar al segundo acto para sentarme, dijo), en la segunda parte no paró de bailar, de comunicar, de contagiarnos la energía con que le alimentó Kay Thompson en los momentos en que Liza más lo necesitaba.



    Kay Thompson merece una mención aparte. Ella y nada menos que Ira Gershwin (el hermano de George Gershwin) fueron los padrinos de la hija de Vincente Minnelli y Judy Garland (ya sé que me repito, pero creo necesario que estos nombres ilustres no se olviden entre la gente que nunca ha visto cine clásico, que por desgracia empieza a ser muy numerosa). Para quienes no sepan quién fue Kay Thompson, no tengo más que hacer una recomendación: ver la siempre agradable Funny Face (Una cara con ángel, de Stanley Donen, 1957), donde la dama es capaz de eclipsar a los mismísimos Fred Astaire y Audrey Hepburn. Todo lo demás puede encontrarse en Internet: autora de libros infantiles (Eloise), compositora, arreglista, cantante, maestra de cantantes, actriz, empresaria...


    Lo bonito fue el acto de reconocimiento que hizo Liza en la segunda parte de su espectáculo: un homenaje a Kay, quien en cierto modo se hizo cargo de Liza cuando su madre desapareció. Como contaba entre canción y canción, Kay era un auténtico torbellino, una persona vital, enérgica, fuerte. Es quien más hizo por infundir lo que Liza denominó self-confidence (confianza en sí misma). Como relató, la última imagen que tiene de ella es Kay, desde un balcón, diciéndole, "Liza, happy EVERYTHING!".

    Uno de los números interpretados en esta parte del concierto era la canción (compuesta por Thompson y Gershwin) titulada LIZA, de la cual Vincente tomó el nombre para su hija. Parte de ese homenaje estaba aderezado con cuantro cantantes-bailarines que emulaban a los Williams Brothers, de los que formaba parte el cantante Andy Williams.


    Finalmente, Liza nos obsequió con New York, New York y antes de bajar el telón, exhausta, nos regaló un tema a capella, I'll be seeing you. Lo dejó todo sobre el escenario, en el que brilló, aunque nos llegó a confesar: Some stars glitter, I SWEAT!


    Veamos a Kay Thompson en el número de Funny Face "Think Pink", antes de que ése fuera el título de un corto de La Pantera Rosa...

    Liza with a K

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  • 27 julio 2008
  • Retroclásica


  • Tras la experiencia de escuchar a Dianne Reeves en la sala de cámara del Kursaal y sólo minutos más tarde a Diana Krall en el auditorio, llega el plato fuerte, la clausura. Liza, con Z, con todo su bagaje de estrella, de hija de estrellas, y con todo lo de leyenda negra que le ha ido acompañando. Como ocurrió con el concierto de Barbra hace un año, es mejor no hacerse ilusiones, no esperar nada, dejarse llevar y emocionarse, de esa manera el concierto al que asistes termina siendo inolvidable. (Foto: http://www.officiallizaminnelli.com/index.html)

    La diferencia es que Barbra ha llegado hasta hoy en forma, ha sido retratada más por sus romances, excentricidades y activismo político que por otra cosa, y es que no parece ser de las que hayan ahogado sus penas en el alcohol precisamente. Pero Liza siempre ha arrastrado el talento y también el destino trágico de su madre. Ser hija de Vincente Minnelli y Judy Garland ha sido un privilegio indiscutible, y conociendo su trayectoria y la de su madre no dejamos de ver que cada día se parece más a la pequeña Frances Ethel Gumm.

    Esta mañana he dado un largo paseo por la ciudad escuchando en el iPod Judy Garland and Liza Minnelli Live at the London Palladium (1964), que con Judy at Carnegie Hall (1961) son dos de mis álbumes favoritos. En ese mano a mano con su madre, Liza tiene apenas 18 años y promete. De hecho, triúnfa en Broadway (Flora, the red menace) y no tarda en irrumpir en el cine con esa delicia de película, The Sterile Cuckoo (1969), tan difícil de conseguir si no es gracias a la generosidad de las redes p2p. Y llega a la cumbre de la mano de Bob Fosse (qué grande) que le regala el papel de Sally Bowles en Cabaret (1972).


    En adelante, New York, New York de Scorsese y el especial para TV Liza With a Z, así como su intervención en Arthur y Stepping Out serán lo más reseñable de su carrera, que terminará centrándose más en los espectáculos en directo (giras con Sinatra y Dean Martin). A finales de los 80 los Pet Shop Boys la relanzan a las listas de éxitos: producen el álbum Results, del que hay que destacar un tema de Sondheim (¡de rodillas!), Losing My Mind, extraído de su musical Follies.



    (Como es de esperar, a mí me sobran los Pet, los Shop y los Boys... y prefiero otras versiones, como la de Tim Curry o ésta de Miss Peggy Lee)



    Esta tarde, a las ocho y media, Liza en el Kursaal.

    Tinnitus

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  • 24 julio 2008
  • Retroclásica
  • Desde hace unas semanas un molesto zumbido ha encontrado acomodo en mis oídos. El otorrino dice que no ocurre nada, es más, que tengo un oído perfecto que ya quisiera para él. El caso es que esta perfección empieza a ser más que molesta, porque no sólo hay que aguantar en el silencio de la noche este extraño sonido similar al que emite un televisor, sino porque parece que viene acompañado de cierta hipersensibilidad.

    Claro que, viéndolo de otro modo, mis abuelos maternos murieron sordos; recuerdo cómo en sus últimos años mi abuela sufrió muchísimo por culpa de ese aislamiento implacable al que se veía sometida. No se entretenía ni con películas mudas, en las que podía disfrutar simplemente de la narración visual: El maquinista de la General, los cortos de Chaplin... Nada le interesaba. Ni siquiera algo que le gustaba tanto como los toros. Se centraba en su afición, el ganchillo, con el que supongo que llevar la cuenta de los puntos le permitía escucharse a sí misma en su imaginación, y si alguien le preguntaba dónde vas, decía manzanas traigo. Ella hubiera preferido mil veces tener este zumbido.

    Hay días que parece que han subido el volumen de todo. La gente habla muy alto, la radio tiene más interferencias, el tráfico parece multiplicarse y los niños de la plazoleta gritan sin parar.

    Si hay algo a lo que me he vuelto más sensible si cabe es a escuchar cosas aparentemente inofensivas. Hoy, en la radio, entrevistaban al director del Reina Sofía acerca de la limpieza y estado del Gernika. Se puede leer en El País: "Cuando todo el estudio haya concluido lo moveré". Sí, lo moverá él solito, supongo, porque lo hará en contra de la opinión de quienes dicen que es mejor dejarlo donde está. Esta persona desconoce las virtudes de utilizar el plural de modestia, que no el mayestático. Y eso dice mucho de quien que está al frente de un proyecto en el que toman parte muchas personas: las que han apeado con sumo cuidado el mural de Picasso, las que lo han rastreado y analizado y radiografiado; las que con mucho mimo y milímetro a milímetro le han quitado el polvo; las que han buscado una iluminación más apropiada para su óptima contemplación, evitando que se deteriore; y las que lo han aupado de nuevo a la pared en la que habita. Este hombre, ninguneando a su equipo, ha echado mano de la primera persona del singular en casi todos sus verbos, colocándose descaradamente una medalla, como diciendo "descolgué el cuadro, lo limpié, lo analicé, hice un informe y lo volví a colgar".

    Ésta y otras perlas que me veo obligada a escuchar, creo que han provocado el tinnitus. Pero estoy en tratamiento: dentro de un rato Monty me lleva a un concierto de Dianne Reeves y después a otro de Diana Krall.

    ¡Fñac!

    7
  • 11 julio 2008
  • Retroclásica
  • Me encanta la idea de pasar diez días viendo películas de Mario Monicelli. Eso será en septiembre, con el festival. Paso por alto el asunto del cartel de la próxima edición, no sé si me convence la idea de ver mi ciudad poblada de esa especie de dadaísmo rosa en las próximas semanas.

    Monicelli es un joven nonagenario en plena forma, eso me cuenta la gente del festival que ha decidido homenajear, una vez más, a la comedia italiana. Hace ya diez años que el género del realismo cómico del país de la lasagna recibió su merecida revisión en Donostia; vimos las obras grandes de Risi, Scola, Comencini, De Sica,... Redescubrí al gran Totò y me topé con películas de las que nunca se olvidan, pero especialmente dos: Il sorpasso y C'eravamo tanto amati. Fueron dos ediciones que hicieron un barrido de la comedia italiana desde los años cuarenta hasta la década de los setenta. Pensé que no volvería a tener la oportunidad de ver otro ciclo igual en las condiciones ideales: una sala de cine a carcajada limpia.

    Creo que sólo nos hemos reído más el año de Lubitsch. Pero esta edición promete, al menos revisando obras como La grande guerra, La mortadella o Amici miei. A lo mejor estoy sugiriendo una burrada, pero en el fondo es pasarlo igual de bien que revisando las películas firmadas por Azcona, Berlanga, Forqué... Qué hay de malo en comparar Atraco a las tres con I soliti ignoti. O a Bienvenido Mr. Marshall con Guardie e Ladri.

    Aguardo impaciente el momento de pasar por moviola para que los chicos de la filmo me cuenten qué se esconde en las latas.

    Y ahora, reportaje de investigación.

    Qué gran invento, el móvil con cámara de fotos. Si no fuera por él, no dispondría de estos valiosísimos documentos gráficos (amén de distintas poses de los vehículos de la guardia municipal donostiarra, aparcados en zonas prohibidas, dando ejemplo de lo que no hay que hacer). Bien, creo que no caben más comentarios, sino observar en qué se ha convertido el negocio del cine clásico: ya no atraen los títulos, ni los nombres de las estrellas o los directores, ni el rugido del león de la Metro o el rataplán de la Fox. Nada de eso. Los árboles, que no dejan ver el bosque; o el bosque, que no deja ver los árboles.

    Sirva mi reportaje gráfico para proponeros el concurso el verano: ejercicio de agudeza visual.
    Espero vuestras respuestas, habrá premio para quien demuestre estar más enfermo de cinefilia.

    Tal como éramos

    3
  • 27 mayo 2008
  • Retroclásica
  • Odio que esto se esté pareciendo a un obituario. Pero yo adoraba a este director y no puedo dejar de mencionarlo. Pues sí, se nos ha ido Sidney Pollack, un cineasta del cual he podido leer muchas críticas que le tachaban de mediocre, y que sólo ahora que se ha muerto recibe elogios. Para mí era un director clásico, con un sentido impecable de la narrativa. Creo que muy pocos creadores son capaces de engancharte a una historia para desembocar en un final emocionante, sentido, que no te deja impasible en la butaca.


    En casi todas sus películas las últimas secuencias tienen algo especial. Como el fugaz reencuentro de Katie Morosky y Hubbell Gardiner frente al hotel Plaza, en The way we were, una de esas escenas de plano-contraplano en que más que el diálogo lo que importaba era el gesto, la mirada, lo que se comunicaba en un aire electrizado por un instante.


    Otro hito, hacernos sentir el agotamiento de Jane Fonda y Michael Sarrazin en They shoot horses, don't they?, impactante título aquí traducido (por decir algo) como "Danzad, danzad, malditos". Una historia de las que te hacen salir del cine exhausta...
    Hay muchos títulos que no tienen desperdicio y que hace tiempo que no parecen interesar a las televisiones. "This property is condemned", con Natalie Wood, por ejemplo. O "The three days of the Condor", o "Jeremiah Johnson"; o "Absence of malice", recuperando a Paul Newman en uno de los papeles más interesantes que ha podido interpretar. Parece que todo el mundo apunta a un título (estupendo, por otro lado), como la obra cumbre de Pollack: "Out of Africa". Es verdad que es un placer visual y que la banda sonora ayuda, y que la secuencia en que Redford lava el pelo a Streep es tan sencilla como sensual. Pero yo, "Tal como éramos" aparte, me quedo con "Tootsie".



    Tootsie tiene una de las resoluciones más divertidas que recuerdo. Pena de youtube, que todavía nadie ha colocado la secuencia en la que Dorothy Michaels tiene una cita con su representante (Sidney Pollack) en el salón de té ruso de Nueva York...

    Y, además, el periódico

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  • 13 abril 2008
  • Retroclásica
  • Mi librero tiene la costumbre de tomarse ratos libres, de lo cual está en su pleno derecho, y dejar tras el mostrador de su atestada papelería a su suegra. Y esa costumbre, no sé por qué, coincide en el tiempo con los sábados y domingos por la mañana, precisamente en los momentos en que me puedo permitir acercarme a la librería de mi barrio y, esquivando expositores, revistas, regalos, grandes cartones y accesorios de escritura varios, acercarme a por mi ejemplar de El País.

    Lo que no sé es si mi librero se ha dado cuenta de cuán devastador para su economía resulta tomarse esos momentos de descanso. No hay día que su suegra sume o reste mal la cuenta de lo que te lleves. Para ella, dos periódicos por 2,20 son 4,20. Un día, otro, otro más, le dices que se equivoca haciendo gala de tu honestidad. Pero cuando semana tras semana al llegar a casa te das cuenta de que entre todo lo que le has comprado, la suegrísima se ha olvidado de incluir la película de promoción, el libro a cambio del cupón más 0,50 o el suplemento semanal, empiezas a pensar en que hora es de compensar todas esas pérdidas y callarse cada vez que las sumas y las restas sean siempre a nuestro favor.

    Llevo dos días queriendo pedir el DVD que Público distribuye los viernes, pero como me sé la respuesta y que si la mujer se pone a buscarlo, va a provocar una retención de clientes en la tienda que empezarán a odiarme por pedir cosas inútiles (como películas de Bergman o libros sobre Monet, esas pequeñeces innecesarias), prefiero dejarlo para mañana y acudir al kiosko del Boulevard donde o tienen o no tienen, pero si hay, encuentran.


    Le diría a mi librero que le sale más barato contratar a alguien que le supla los fines de semana. Entre las pérdidas de caja y las de ventas, no le compensa tener a una suegra sin contrato. Y si yo fuera comerciante de cuberterías, vajillas, forros polares, libros, discos, reproductores de mp3, y ahora incluso mandos a distancia y bicicletas plegables, intentaría denunciar a los editores por intromisión en mi mercado, porque en el momento en que alguien "regala" el último DVD de Serrat y Sabina, no hay un vendedor que coloque un solo ejemplar en una larga temporada. Los editores de prensa se están cargando el pequeño comercio, por si a éste no le fuera suficiente soportar la presión de las grandes superficies. Y nosotros, cuando sucumbimos a la cultura del cuponazo, salimos del kiosko con una tonelada de regalos a precio de saldo, y nos damos cuenta de que la suegra del librero ha olvidado darnos nuestro periódico.
     
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