Mini entrada para celebrar que hoy es el día en que nacieron dos actrices divertidas y con talento. Calle 14 © 2009
Mini entrada para celebrar que hoy es el día en que nacieron dos actrices divertidas y con talento.
Sin esperar a la presentación habitual que el Festival de Cine de San Sebastián hace a la prensa, se han anunciado dos retrospectivas (al parecer, este año no habrá una tercera) que comprondrán dos de las partes esenciales del Festival, que son el cine clásico y la revisión temática.
Hay directores clásicos que están asociados físicamente a una figura o a un objeto peculiar; Hitchcock hizo marca de la casa su bocio y su obesidad; Fritz Lang el monóculo, John Ford el parche en el ojo, Almodóvar la indomable cabellera, Allen sus gafas de miope... La imagen que yo guardaba de Richard Brooks, menos mediático que los mencionados, era la de un tipo pulcro con su sempiterna pipa en la boca.
Bajo esa imagen, inmediatamente llegaban otras de sus películas. Newman, vaso en mano, con sus muletas en la habitación, y en ella, sobre la cama, Elizabeth Taylor; Burt Lancaster predicador charlatán encandilando a Jean Simmons; Robert Blake con la mirada perdida después de cometer ese crimen que tanto obsesionó a Truman Capote; Liz Taylor y Van Johnson y el París que vio Scott Fitzgerald de fondo...
Algún gremlin intentó pisotear el espectáculo, pero sólo logró que todo sonara más afinado que nunca, más nítido, más contundente. La contundencia de su casi perfecta fonética en castellano al leer en público un comunicado en el que expresa su propuesta para lograr convivir en paz con el vecino (una propuesta que no es nueva y que lleva años expresando, si cabe ahora con más ahínco).



FannyBrice: “Genes and Jeans”. Volvemos a “Manhattan-Tel Aviv”, con un toque de Yemen; todos vamos en vaqueros, vivimos el presente, pero no deberíamos ignorar de dónde procedemos…
El día 8 de diciembre Carmen Martín Gaite hubiera cumplido 83 años. Lo del número es algo anecdótico, porque Carmiña siempre fue una joven de pelo blanco. Incluso de niña. Hace ocho años que se la llevó un cáncer fulminante, el tiempo ha pasado deprisa, pero ella sigue afianzándose como una de las mejores escritoras de todos los tiempos.

Pensemos: in illo tempore ni viajar, ni fotografiar, ni rodar la realidad (demasiado feliz para ser realidad) estaba al alcance de cualquiera. Puede que hoy, especialmente la gente joven, desprecie estos detalles. La vida digital ha puesto a nuestro alcance todo esto y más, y viajar se ha democratizado. Ver a Madronita Andreu entre los rascacielos de Nueva York o en camello por el desierto es una imagen mucho más exótica; viajar entonces era una aventura, algo en lo que se invertía mucho dinero y, sobre todo, tiempo. Lo bonito fue que ella misma era consciente de la necesidad de guardar todo eso a sabiendas de que era un mundo cambiante que, al irse ella, no retornaría. Lo suyo era un anticiparse a todas las modernidades, una mujer cámara en mano diciendo a todo el mundo qué hacer, hacia dónde moverse, cómo posar ante su tomavistas (no sé cuántos años hacía que no utilizaba este término). Además, su lente iba registrando todas las etapas de su vida: la única imagen que existe de su padre, el famoso Doctor Andreu, acaudalado industrial dueño de medio Tibidabo, sus dos matrimonios, sus hijos...
La dosis semanal de David Lean: preciosa copia de This happy breed (La vida manda, 1944), en la que a ratos (especialmente al principio) hay algo que recuerda al cine de Frank Capra, quizá esa primera secuencia de la llegada de la familia a la casa, con la abuela, la tía, el gato, cada personaje como llegado de un planeta diferente es, manteniendo las distancias, algo que recuerda ligeramente a esa atmósfera medio loca de You can't take it with you (Vive como quieras, 1938). Obviamente, la historia va por otros derroteros e inclina la balanza más hacia lo trágico que hacia lo cómico, aunque reconozcamos que hasta el título tiene más aspecto de ser de Capra que de Lean. [Nota a mí misma: qué grande es Capra. Programaré una retrospectiva doméstica].
Segunda sesión de la retrospectiva de David Lean. Su primera película, codirigida con Noel Coward ("coward" significa en nuestro idioma "cobarde"). "In which we serve" se tituló aquí "Sangre, sudor y lágrimas", palabras extraídas del discurso de Churchill a la Cámara de los Comunes en mayo de 1940. De nuevo, enhorabuena; una película restaurada, copia impecable del BFI, blanco y negro que no hace sino acentuar lo gris de una etapa que tanto ha dado de sí en el mundo del cine: la II Guerra Mundial. 
La historia se aborda con una grata ausencia de patriotismo al que nos tiene acostumbrado el cine bélico del otro lado del charco. Los británicos son más flemáticos, de ahí que el personaje encarnado por Noel Coward (que además firma el guión y la música) resulte de una bondad en cierto modo poco verosímil; se le hace inevitable traslucir cierto amaneramiento, a pesar de mostrarse duro, impasible casi siempre. Los nombres se agolpan en el reparto: John Mills (en la foto, con su Oscar por Ryan's Daugther), Celia Johnson, Michael Wilding (casi más recordado por ser uno de los maridos de Elizabeth Taylor) y Richard Attenborough. Para cuando David Lean accedió a la labor de dirección, estaba ya muy curtido como montador o director de segundas unidades, lo que resulta visible en una película que no parece tanto una ópera prima.
Por si queda la duda de si hemos o no acabado con empacho de celuloide, anoche nos sometimos a una dosis fílmica de 197 minutos del mejor cine. NOSFERATU, ese estupendo cine-club municipal de Donostia Kultura, ha iniciado el curso escolar con una retrospectiva que los aficionados hemos recibido con los brazos bien abiertos: David Lean, cuando se cumplen cien años de su nacimiento. Y como quien exhibe fuegos artificiales en La Concha, el lanzamiento inicial ha sido espectacular.
Que sea una producción de Carlo Ponti hizo de la de ayer una transición mágica desde la retrospectiva de Monicelli con la que algunos hemos convivido en los últimos diez días hacia la normalidad. Con Doctor Zhivago restaurada y en una copia limpia de la Cooper, ayer disfrutamos de todos esos matices que nos hemos perdido en las cada día menos escasas emisiones de clásicos por televisión. Los machadianos campos de Soria, el Moncayo y la estación de Canfranc eran mucho más visibles y reconocibles a nuestros ojos, así como los actores españoles no acreditados, de los cuales el más popular es José María Caffarel. La imdb al fin hace justicia y ofrece una relación exhaustiva de los actores españoles que intervinieron en la película.
Para mí hay tres secuencias determinantes: Una, cuando después de desertar y de recorrer al borde de la locura kilómetros y kilómetros, helado de frío y agotado (en la foto, Omar, todo ojos), llega a Yuriatin, recoge la llave de la casa de Lara en el escondite y lee la nota de Lara, que le ha preparado patatas hervidas. Dos, cuando Yuri, Lara y la niña llegan a la mansión helada de Varikino, entrando en una especie de palacio de cristal donde la escarcha y el polvo se confunden en un entorno tan fantasmal como romántico y mágico. Y tres, la penúltima secuencia, la de la impotencia de Zhivago cuando divisa a Lara desde el tranvía pero no puede alcanzarla.
En esta película aparece uno de los elementos favoritos de Lean, casi constante en su filmografía: el tren. Una de las secuencias fue rodada en la bellísima estación de Canfranc, en Huesca. Hace años que no la visito y la última vez contemplé el deterioro de un lugar que todavía retiene cierto carácter aristocrático, como de belle epoque.


Si tengo que quedarme con algún título, revisar "I soliti ignoti" ha sido un auténtico placer. "Guardie e ladri" me la reservo para verla en casa, pero del resto, os recomendaría "Parenti serpenti", "Vita da cani" y, por supuesto, "La grande guerra". Muy recomendable "Risate di Giogia" con una magna Magnani. Contaré más, habrá alguna foto, actualizaré links, pero cuando me recupere de ésta...
Me habían hablado de las virtudes de esta película docenas de veces, pero tuve que esperar a que una cadena de televisión por fin la programara, de madrugada, para grabarla y por fin verla, y quedarme prendada de ella y convertirla, visionado a visionado, en mi película favorita. Aquí os apunto algunas de las razones que hacen de ella una pequeña gran obra maestra.
Mancini (1924-1994) será eternamente recordado por dos obras fundamentales: la banda sonora de Desayuno con diamantes y el tema de La pantera rosa. Entendió como nadie la evolución hacia el pop y el jazz de la música de cine y también innovó el tratamiento de las sintonías de las series de televisión. Sin duda, son sus colaboraciones con Blake Edwards y Stanley Donen las que han propiciado sus obras más interesantes y reconocidas. Para mí, además de ésta y las mencionadas, Peter Gunn, Charade y Victor/Victoria son probablemente sus partituras más inspiradas. La música para Two for the road es muy descriptiva, transmite perfectamente las situaciones de movimiento, las humorísticas, las dramáticas, imprime un aire pop que encaja perfectamente en la estética cambiante de paisajes, vestuario, objetos y personajes. Como en muchas de sus bandas sonoras, queda un tema principal cantable, que elegantemente orquestaba para ser interpretado por un coro de voces, algo muy propio de los años sesenta y en particular de las obras de Mancini. Por suerte, ésta y muchas de las grabaciones originales del compositor han sido remasterizadas y editadas en los últimos años.

