Calle 14: Stanley Donen
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Cantando bajo la lluvia

4
  • 30 noviembre 2010
  • Retroclásica

  • Este mes tengo el placer de descubrir a unos cuantos alumnos una película optimista, sin aristas, con su buena dosis de ironía y que, de paso, ilustra un momento importante en la historia del séptimo arte. Cine dentro del cine, cine que se ríe de sí mismo, que dice mucho de sí mismo.

    Stanley Donen, a quien este blog ya ha dedicado unos cuantos párrafos, nació en Carolina del Sur (EEUU) en 1924. comenzó a los dieciséis años su carrera como bailarín en Broadway, donde conoció a Gene Kelly trabajando en la obra de Rodgers y Hart Pal Joey (por cierto, os recomiendo revisar la versión en cine protagonizada por Frank Sinatra).

    Poco tiempo después se trasladó a Hollywood, donde trabajó como bailarín y más tarde como coreógrafo en la Metro Goldwyn Mayer. Con la ayuda de Kelly y del productor Arthur Freed, comenzó a dirigir películas, para lo cual demostró sobrado talento. De esa colaboración surgió una película musical con partitura de Leonard Bernstein, On the town (Un día en Nueva York, 1949), a la que le siguió Royal Wedding (Bodas reales, 1951), que ha pasado a la historia por la secuencia en que Fred Astaire bailaba por las paredes y el techo de su habitación.

    Cantando bajo la lluvia (Singin' in the rain, 1952) es su cuarta película, también codirigida con su protagonista, Gene Kelly. Pero cualquiera que desconozca lo joven que era Donen cuando la realizó, diría que se trata de un director maduro y con larga experiencia.

    En pocas palabras

    Don Lockwood y Lina Lamont son la pareja más famosa del cine. Ella ha nacido para ser estrella del cine mudo; en cambio, él, ha llegado a donde está a base de esfuerzo y dignidad, siempre dignidad. Kathy Selden es una bailarina de coro que se gana la vida como buenamente puede y que, por casualidad, conoce a Lockwood de camino a una fiesta.

    Corre el año 1927 y, el rodaje de El cantor de jazz provoca una revolución, ya que se trata de la primera película sonora. De repente, el cine mudo y sus estrellas se tienen que enfrentar a un micrófono y...

    Gene Kelly

    Hay imágenes como la de Scarlett O'Hara en Tara arrancando un rábano a la tierra yerma y jurando que no volverá a pasar hambre; y hay imágenes como la de Gene Kelly cantando y bailando y desafiando a la lluvia, como mayor expresión del optimismo, de la felicidad y del enamoramiento. En la película, después de una noche en vela, los tres personajes principales llegan a la conclusión de que la crisis sólo se supera con optimismo y creatividad.

    Son los epítetos de optimista y creativo los que asocio a la figura de Gene Kelly (1912-1996), por sus composiciones poéticas, alegres, enérgicas, expresivas. Frente a Fred Astaire, que representaba algo así como la aristocracia del baile, me quedo con el protagonista de Un día en Nueva York, sin menospreciar al elegante Fred.

    Kelly era un perfeccionista y eso lo sufrieron sus compañeros de reparto. Todo debía estar muy ensayado y estudiado y con frecuencia las sesiones finalizaban con los pies destrozados, sangrantes. El día del rodaje de la famosa secuencia bajo la lluvia, tenía 40º de fiebre y muy poca fuerza para hacer claqué, por lo que había dos bailarinas en el plató que realizaban sincrónicamente los pasos para dar con el ruido más fuerza a los movimientos del actor. La lluvia no era agua, sino una solución salina mezclada con leche para conseguir un mejor efecto al fotografiarla; finalmente se logró rodar la secuencia completa en una sola toma.

    Después de ellos (Kelly, Astaire y el gran Bob Fosse), no ha habido ningún otro bailarín-actor icónico en el cine. Nadie tan polivalente, tan creíble y versátil, que hiciera de la coreografía algo elegante y aparentemente sin esfuerzo lo integrara en cada personaje. Kelly, además de bailarín capaz de crear coreografías tan distintas como las de El pirata y Un americano en París, era un saltimbanqui; no en vano Don Lockwood es una autoparodia acrobática, emulando a Douglas Fairbanks, o a Errol Flynn.

    Debbie Reynolds

    En cambio, Debbie Reynolds (Texas, EEUU, 1932) nunca había bailado antes de rodar esta película; por culpa de las quejas de Gene Kelly, que llegó a insultarla por no saber bailar, consiguió que el mismísimo Fred Astaire le enseñara durante el rodaje - y vaya si aprendió. Se inició en concursos de belleza que le facilitaron la entrada en el mundo del cine. Ésta es sin duda su más conocida película; más adelante recibió una nominación al Oscar por Molly Brown, siempre a flote. Quiero recordar aquí una película menor que descubrí el año pasado en la retrospectiva de Richard Brooks, protagonizada por Bette Davis y Ernst Borgnine, The catered affair, en la que interpretaba el papel de la hija de los protagonistas.

    Reynolds es famosa por otros asuntos menos artísticos. Su amistad con Elizabeth Taylor provocó su primer divorcio: estaba casada con el famoso cantante Eddie Fisher, que se fue a consolar a la Taylor cuando se quedó viuda del productor Michael Todd. Con Fisher tuvo dos hijos, Carrie y Todd. Carrie Fisher protagonizó el papel de la Princesa Leia en la trilogía de La Guerra de las Galaxias, lo cual a la legendaria Debbie le ha llevado a ser más tarde conocida como "la madre de la princesa Leia". La relación entre ella y Carrie ha sido problemática, lo que su hija reflejó en el libro y más tarde el guión de la película "Postales desde el filo", donde madre e hija fueron retratadas por Shirley MacLaine y Meryl Streep.

    Su agitada vida le ha llevado a divorciarse tres veces, a arruinarse en varias ocasiones, a vivir literalmente en su cadillac en el momento más bajo de su carrera. Actualmente Debbie Reynolds aparece en papeles secundarios en el cine y en la televisión. Es una gran coleccionista de "memorabilia", de objetos relacionados con el cine, que ha exhibido en un museo en Las Vegas y actualmente en Hollywood (esta información no está ni clara ni muy actualizada por lo que he podido comprobar en Internet).

    Los secundarios

    Esta película demuestra la importancia de los personajes/actores secundarios y su generosidad con la historia. Y es justo reconocer el gran papel, por antipático y divertido, de Jean Hagen (1923-1977), una actriz con una carrera corta en el cine por culpa del sistema de estudios (la MGM no supo qué hacer con ella), pero que encontró un hueco en el mundo de la televisión, en la que trabajó pese a su salud delicada hasta el último momento.

    Por su papel de Lina Lamont recibió una nominación al Oscar; un personaje divertido, contrapuesto al de Reynolds, que en el fondo es la visión irónica del star-system del cine mudo, y del precipitado final de muchas carreras con la llegada del cine sonoro.

    Donald O'Connor (1925-2003) tuvo en cambio una carrera larga, que comenzó con su familia en el vaudeville. En los años cincuenta protagonizó una serie de películas muy célebres, en las que su coprotagonista era una mula parlante, "Francis". O'Connor es un actor-bailarín también de corte acrobático; pero además es un humorista de verbo rápido y habla muy gestual. En esta película aporta un contrapunto cómico casi surrealista, y exhibe todo un repertorio de gestos, verborrea y baile acrobático en dos números como "Moses suposes" y "Make'em laugh", después de cuyo rodaje necesitó tres días de reposo en cama para recuperarse del esfuerzo; esto hizo cambiar de actitud a Kelly, que se había portado como un déspota con él hasta entonces, y a partir de este número comenzó a mostrarle respeto.

    Rita Moreno tiene una brevísima aparición, todavía no había alcanzado el estrellato que le proporcionó West Side Story. Quien sí tiene una aparición secundaria de lujo es la gran Cyd Charisse, que por entonces era una de las bailarinas más impresionantes, como lo eran sus piernas.

    La secuencia en la que interviene Cyd es el proyecto (casi onírico) de Don Lockwood para convertir su fallida película hablada en un musical donde todo se exprese con baile y canciones. Las escenas en que Kelly y Charisse bailan son excepcionales, luminosas, llenas de color. Representan el mundo de la MGM; el artista, la femme fatal, la búsqueda del éxito para conseguirlo todo, y el éxito supeditado al poder y al dinero. Y a la vez evocan a un genio de la Warner, Busby Berkeley, el gran innovador del teatro y el cine musical en los años treinta.

    Estamos, probablemente, ante la mejor comedia musical de la historia del cine. Ideada en principio bajo el esquema del clásico musical MGM Melodías de Broadway, Donen se encarga de cargarlo de crítica irónica. Como muchos musicales de los treinta y cuarenta, no son obras musicales globales, sino un conjunto de canciones que habían sido populares. En este caso, sólo los temas "Moses" y "Make'em laugh" son originales, aunque esta última es un evidente plagio de "Be a clown", de Cole Porter; el compositor, elegantemente, no interpuso demanda alguna y siempre declaró que "Singin' in the rain" era una de sus películas favoritas. No en vano estaban involucrados en el proyecto dos genios, los letristas y libretistas Betty Comden y Adolph Green...

    You're All The World To Me (Royal Wedding)

    3
  • 17 agosto 2010
  • Retroclásica

  • Que te pregunten quién es mejor bailarín, si Fred Astaire o Gene Kelly, es como que te pidan responder a quién prefieres, a tu padre o a tu madre... Es verdad que yo me siento más identificada con la energía creativa, expresionista y positiva de Gene Kelly, pero no puedo ignorar la elegancia y el perfeccionismo de Fred Astaire. Aclaro, para mí era como actor algo mediocre, mientras que Kelly en ese aspecto era más versátil.

    Two for the road, Dos en la carretera

    9
  • 05 septiembre 2008
  • Retroclásica
  • Me habían hablado de las virtudes de esta película docenas de veces, pero tuve que esperar a que una cadena de televisión por fin la programara, de madrugada, para grabarla y por fin verla, y quedarme prendada de ella y convertirla, visionado a visionado, en mi película favorita. Aquí os apunto algunas de las razones que hacen de ella una pequeña gran obra maestra.

    1. Frederic Raphael


    Novelista y guionista de cine y televisión en activo desde finales de los cincuenta. Antes de Dos en la carretera había firmado varios guiones, siendo el más destacable Darling, que le reportó un Oscar, y más adelante firmaría Daisy Miller y Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Es el responsable de todas las perlas que podemos encontrar en el guión:


    Mark: ¿Qué son dos personas sentadas la una frente a la otra sin hablarse?
    Joanna: ¿Un matrimonio?

    Mark: Bitch! (aquí lo tradujeron como “bruja”, aunque lo correcto sería decir “zorra”)
    Joanna: Bastard!

    Mark: Acordamos antes de casarnos que no tendríamos niños.
    Joanna: Y no los tuvimos antes de casarnos.

    2. Henry Mancini


    Mancini (1924-1994) será eternamente recordado por dos obras fundamentales: la banda sonora de Desayuno con diamantes y el tema de La pantera rosa. Entendió como nadie la evolución hacia el pop y el jazz de la música de cine y también innovó el tratamiento de las sintonías de las series de televisión. Sin duda, son sus colaboraciones con Blake Edwards y Stanley Donen las que han propiciado sus obras más interesantes y reconocidas. Para mí, además de ésta y las mencionadas, Peter Gunn, Charade y Victor/Victoria son probablemente sus partituras más inspiradas. La música para Two for the road es muy descriptiva, transmite perfectamente las situaciones de movimiento, las humorísticas, las dramáticas, imprime un aire pop que encaja perfectamente en la estética cambiante de paisajes, vestuario, objetos y personajes. Como en muchas de sus bandas sonoras, queda un tema principal cantable, que elegantemente orquestaba para ser interpretado por un coro de voces, algo muy propio de los años sesenta y en particular de las obras de Mancini. Por suerte, ésta y muchas de las grabaciones originales del compositor han sido remasterizadas y editadas en los últimos años.

    3. El montaje y la dirección artística

    Madelein Gurg y Richard Marden son los artífices de este puzzle de flashbacks engarzados con precisión, en el que se mezclan cinco momentos en la historia de un matrimonio, perfectamente sincronizados, con transiciones sutiles, y en el que no nos perdemos gracias a la dirección artística de Marc Frederic y Willy Holt. Cada etapa en la historia de esta pareja en la carretera se identifica por el medio de locomoción empleado, por su aspecto y su vestimenta, y también por la gran labor de los actores, que imprimen un estado de ánimo diferente a cada situación, cada uno de ellos resultado de la etapa anterior. Nunca un collage aparentemente desordenado es tan claro desde el planteamiento inicial de la película. No sería la misma si siguiera una línea cronológica recta. Ésta es una carretera con curvas y cambios de rasante que evoluciona desde el auto-stop hasta el elegante Mercedes.

    4. William Daniels, Eleanor Bron y su insoportable Ruthie


    Secundarios de lujo, el matrimonio Maxwell-Manchester y su retoño repelente y caprichoso se convierten en inolvidables compañeros de viaje de los recién casados Mark y Joanna. A William Daniels (NY, 1927) lo hemos visto en muchas películas y series de televisión, pero sin duda para mí su Howard es el mejor personaje que ha encarnado en su larga carrera profesional; algunos lo recordamos como el juez Bedford en Cita a ciegas (Blake Edwards, 1987) o como padre de Dustin Hoffman en El graduado. En cuanto a Eleanor Bron (Stanmore, UK, 1938), quién no la recuerda como Ahme en Help (1965), o en Mujeres enamoradas y sigue en activo, en el cine y en la televisión. Sin duda, esa excursión fallida a Grecia no hubiera sido la misma sin el monstruo cuellicorto que emerge de las faldas de su madre: No, Ruthie, I didn't. No, I did not. No, Ruthie. No.

    5. Albert Finney, Audrey Hepburn, Stanley Donen


    Cuenta Donen que en el momento de realizar la película, Finney, Hepburn y él mismo estaban o acababan de salir de un doloroso proceso de divorcio y que eso influyó mucho en la relación entre los actores y la interpretación de los personajes centrales, así como en el tratamiento del deterioro de la relación de pareja que se describe. Para Audrey tener a Finney frente a ella supuso un soplo de aire fresco, por su buen humor. El papel de Mark Wallace fue rechazado por Paul Newman, que hubiera hecho un trabajo sensacional, probablemente, porque creo que ambos actores son capaces de imprimir cinismo a la vez que picardía a un personaje que arranca antipático y que así lo requiere. Mark es un hombre ambicioso y egoísta, a ratos divertido, encantador y amante e incluso inspira pena cuando se muestra decepcionado. Joanna es una mujer dulce y sincera, débil, amante, divertida, por momentos podemos pensar que él no la merece, aunque esa debilidad hace que la balanza se nivele. Donen, lejos de los preceptos estilísticos del musical, compone esta película con la misma precisión con la que se erige el granero de Siete novias para siete hermanos haciendo gala de un sentido del ritmo similar al del género musical. Consigue que el conjunto sea una historia de alto nivel estético y narrativo. No sólo ha resistido al paso del tiempo, sino que con los años se ha ido fortaleciendo y adquiriendo valores que quizá en su estreno pasaron desapercibidos. Bueno, sí, en San Sebastián, en 1967, un grupo de locos por el cine supo reconocerlo.

    Hello, Wall·E!

    5
  • 22 agosto 2008
  • Retroclásica
  • “Out there
    There's a world outside of Yonkers
    Way out there beyond this hick town, Barnaby
    There's a slick town, Barnaby
    Out there
    Full of shine and full of sparkle
    Close your eyes and see it glisten, Barnaby
    Listen, Barnaby...
    Put on your Sunday clothes,
    There's lots of world out there…”

    Plano general de la Tierra (por el ángulo americano, por supuesto) desde un satélite, probablemente abandonado en el caos espacial, en un viaje hacia un planeta árido, abandonado, invadido por la chatarra y la basura, donde un robot y una cucaracha indestructible conviven, sobreviviendo al paso del tiempo, a la contaminación y al cambio climático.

    Wall·E es trabajador y metódico, está programado para amontonar basura. Su mundo está en su ciudad de gigantescos rascacielos de residuos que él mismo va compactando y elevando bloque a bloque, recogiendo todo lo que en algún momento ha quedado abandonado por una sociedad de usar y tirar que parece haber huído despavorida. Los residuos de un mundo presuntamente moderno se convierten en juguetes y curiosidades que con mimo atesora en su vivienda, en el corazón de una máquina tan muerta como todo lo que hay alrededor.

    Si nos preguntamos cómo Wall·E y la cucaracha han logrado sobrevivir en soledad, digamos que de sobra es conocido que el repulsivo insecto es indestructible, y que el robot se alimenta de energía solar bien dosificada y de impulso emocional procedente de una vieja cinta VHS que le transmite alegría y esperanza. Éste, por muy máquina que sea, entiende que más allá de aquello para lo que lo han programado, hay algo, un baile, una música, una canción, una vestimenta especial para los domingos… y una mano que entrelazar con su pezuña de acero.

    Ese viejo VHS es el mismo que atesoro en alguna caja de mi garaje, donde duermen apilados los restos inservibles de mi reciente pasado. Hello, Dolly! es una obra infravalorada, denostada por la crítica y que, a pesar del éxito de público, nunca pudo recuperar en la taquilla lo que se invirtió en su rodaje. Que de la película se hayan escogido dos temas no es casualidad, como tampoco lo parece que se haya obviado al personaje principal y que da título a la obra, para centrarse en un secundario, Cornelius Hackl, o Michael Crawford. Hasta el punto se ha eliminado a Dolly que apenas quedan rastros en los compases en que debería sonar su voz; esta vez no importa. Wall·E se siente Cornelius Hackl, empleado en la tienda de piensos y forrajes de Horace Vandergelder; un joven de veintiocho años y pico (sic) cuyos escasos ahorros de toda la vida están en la caja fuerte de su jefe, y su vida entre las paredes del almacén en el que trabaja y vive. Cornelius sabe que fuera de esas paredes hay un mundo diferente, lleno de diversión y donde existe una chica a la que poder besar.

    El empleado de almacén y el robot basurero se salen de la rutina un feliz día en el que conocen a la chica de sus sueños. A partir de entonces su existencia no va a ser la misma. Cornelius sale de Yonkers: Nueva York es una fiesta, con el desfile de la Calle 14 y el concurso de baile del Jardín de la Armonía. Se enamora instantáneamente de Irene Molloy, la dueña de una sombrerería que hasta entonces aspiraba a casarse con un millonario; ella, al conocer a Cornelius, se da cuenta de que ha de aprovechar el momento para saborear el lado frívolo de la vida.
    Wall·E recibe la visita inesperada de Eva, una sonda que rastrea la Tierra en busca de indicios de vida. Una chica de armas tomar, pulcramente vestida de blanco. La escasa belleza de ese mundo es Apple: Wall·E despliega sus paneles solares con el clásico acorde del MacOS, o enchufa el iPod para escuchar su música favorita. Y Eva es blanca, pulida, brillante y elegante como un iMac. Después de superar la violenta irrupción en su territorio de una sonda siempre a la defensiva, Wall·E y su banda sonora consiguen conectar emocionalmente con ella y lo que ocurre de ahí en adelante es una sucesión de aventuras en las que el héroe de la chatarra se mueve, más que con energía solar, con la fuerza del enamoramiento.

    Llena de guiños, homenajes e inspiraciones fílmicas, no es sino una matriushka que encierra pequeñas muñecas, como Gene Kelly lleva dentro a Stanley Donen que encierra dentro de sí a Vincente Minnelli. Y en las entrañas de Wall·E no sólo está Cornelius Hackl. Hay también algo de Buster Keaton (el hombre mudo, feo y serio que no para hasta conseguir a su amada), o del Chaplin de Tiempos Modernos, o de Harpo Marx, capaz de sacar de los bolsillos de su gabardina un perro o una escoba. Wall·E es una matriushka de pocas palabras. Su fisonomía tiene que ver con Short Circuit y con el propio ET, del que también sale inspirada la planta (donde hay vida, hay esperanza); hay un homenaje expreso a 2001 y otros más tenues a Artificial Intelligence y a Star Wars. Por último, por encima de todo es un elogio a las películas románticas clásicas y a la actitud positiva del género musical: basta sólo un momento, un instante, para enamorarse para toda la vida…

    “I held her for an instant
    But my arms felt sure and strong
    It only takes a moment
    To be loved a whole life long...”
    Una obra maestra de Pixar (otra más), que aprovecha para criticar el mundo consumista, de usar y tirar; apunta contra una sociedad orientada a la comodidad, cuesta abajo hacia la obesidad, la ignorancia, la inactividad y la destrucción. En un panorama existencialista, sombrío, casi yermo, una pequeña planta resurge de entre la basura (una bota que Charlot la recibiría como si fuera un exquitiso bistec con ensalada), con un destello de verde optimismo, desencadenando una historia de amor y devolviendo la esperanza de resucitar un mundo extinto. No resulta muy alentador, en cualquier caso, que el comandante del buque esté convencido de que plantando semillas, obtengan deliciosa pizza…
     
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